Vulture fijo
Dos amigos se mantienen juntos en el duelo por un compañero muerto, con una nave como testigo silenciosa de su dolor compartido.
El olor a hierba húmeda y carbón caliente, mezclado con el de los velas viejas, llenaba la capilla improvisada. Una brisa sorda movía el velo blanco que cubría el nombre grabado en la pizarra: “Kael”. Al fondo, la Vulture, inmóvil como un monumento de acero y humo, proyectaba su sombra sobre el suelo de baldosas.
Quim apoyó la frente contra el hombro de Andrés, quien le devolvió el abrazo con firmeza. El cuerpo de elle se tensaba, pero no por dolor: por la necesidad de presión. Andrés arqueó ligeramente los hombros, como si quisiera cargar el peso de esa noche con ella.
—No te digo que no lo sentimos —dijo Andrés, con la voz ronca por el cansancio—. Sólo que no lo dejamos ir así, solo.
Quim asintió con la cabeza, sin apartar el brazo de la espalda del amigo. Alrededor, otros dolientes murmuraban en voz baja, algunos con las manos sobre los ojos. Un camarero pasó con un jarrón de agua, dejando el recipiente en una mesa polvorienta. La madre del difunto, sentada al borde de la pila, no levantó la vista.
La Vulture seguía allí, inmóvil. Su silencio parecía cierne de las paredes de cristal y acero que la rodeaban. El ruido del motor en el exterior se desvanecía, como si el espacio mismo quisiera olvidar la presencia de Kael.
—Vamos —murmuró Quim, sin soltar el abrazo—. No es hora de quedarse aquí.
Andrés asintió, y ambos dieron un paso atrás, como si el suelo se hubiera recalentado bajo sus pies.
El viento de Seraphim Station movía el bordado del velo negro que cubría la pizarra con el nombre del difunto. Andrés sostuvo el borde de la tela con dos dedos, como si quisiera quitarla del aire. —Ese viejo —dijo— siempre decía que la nave era su compañero, no un objeto. Que se llevaba al mejor de los viajes cuando el motor rugía.
Quim asintió con la cabeza ligeramente inclinada, los hombros apretados contra el torso de Andrés. No se movió del abrazo, ni siquiera cuando el camarero de la capilla arregló una vela que había caído. Las manos de él, frías y con las uñas sucias del trabajo en el hangar, permanecieron sobre la espalda de Quim como si fueran el peso del silencio.
Desde atrás, la madre del difunto se acercó con un paño limpio. No dijo nada. Solo colocó el velo sobre la pizarra, ajustándolo con cuidado entre los dedos. El aire olía a incienso quemado y a sudor de la nave: el aroma del viejo que no volvería.
Andrés soltó un suspiro. No era de tristeza, sino de algo que se aflojaba en el pecho. Quedó quieto un momento, como si esperara que alguien lo detuviera. Pero nadie habló. Solo la madre retiró las manos, y el paño cayó a los pies de Quim.
—Ya no lo llamarás en el comedor —dijo Andrés, sin mirarlo. Su voz resonó como un eco en la quietud del lugar.
Quim no respondió. Solo se aferró más al hombro de Andrés, como si quisiera arrastrarle hacia el suelo. El viento se llevó una hoja de papel que había quedado al lado del nombre. Nadie lo recogió.
La nave de fondo se acerca con los motores suaves, como si el cielo la estuviera llamando. Andrés desliza un brazo por encima del hombro de Quim, sin presionar, como si el peso del mundo se lo pidiera a ese gesto. La pizarra con el nombre del difunto permanece en silencio, con la tiza aún fresca. Alguien mueve un paño sobre el suelo, como si limpiar la tierra fuera borrar lo que no se puede.
—El viejo siempre decía que la nave era su cuna —dice Andrés, como si fuera un refrán antiguo. No lo mira, pero su voz baja se pone entre ellos y el cielo.
Quim asiente, sin mirar la pizarra. El aire huele a incienso y a recuerdos que no se pueden apagar. Las sombras de otros dolientes se alargan en el suelo, como si también estuvieran esperando que alguien les dijera algo. Ella no se mueve, solo mantiene el hombro apoyado en la pared de metal frío.
Una mujer con un pañuelo sobre el pelo se acerca, deja una flor en la pizarra y se va sin mirar atrás. El viento sopla desde el túmulo de la estación, levantando un poco el velo del ataúd de metal que está en la esquina. No se oye nada más, solo el zumbido de los motores del fondo.
—¿Crees que lo sentiría si supiera? —dice Andrés, en un susurro. No pregunta; lo dice como si supiera la respuesta.
Quim no responde. Solo ajusta el pañuelo de tela más gruesa que usa como guante, y se lo coloca sobre la cabeza. El pañuelo cubre algo que no está allí, pero también lo protege de lo que sí lo está.
La nave del fondo se acerca más.
Quim dejó caer el brazo con cuidado, como si tuviera miedo de quebrar algo. Andrés se quedó quieto, sin moverse, mientras el aire de la capilla se cargaba con el sonido del motor que se acercaba, tan suave como una respiración. La luz del cielo entró por la abertura lateral, iluminando el polvo que flotaba en el aire y las sombras de los presentes, incluido un camarero que pasó con una bandeja vacía y se encaminó hacia la salida sin decir nada. La madre, sentada en un rincón con una taza de té que no tocaba, observó el movimiento del resto sin reaccionar. Quim se movió un poco más cerca, la mano en el hombro de Andrés, y murmuró: —No lo olvidemos. Ni siquiera con la Vulture fija.
Andrés no respondió de inmediato. Solo asintió levemente, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, y rebuscó en el bolsillo de su chaqueta. Sacó una pequeña caja de metal, con la esquina astillada por un golpe anterior. La abrió sin mirarla, y dentro había una llave de repuesto, un destornillador doble y una tarjeta con la foto del difunto. La dejó sobre la mesa que servía de altar, junto a un florero con ramas secas y una botella de agua destapada. El camarero volvió a pasar, ahora con un paño en la mano y sin mirarlos. El motor se acercaba más, con un ruido que parecía una voz apagada. Quim bajó la mano del hombro, y Andrés se dio vuelta lentamente, como si estuviera en una especie de trance. La caja seguía abierta, y la llave brillaba entre las herramientas. El camarero se detuvo a un metro de distancia y esperó a que terminaran.