¿Dónde nos vamos a despertar?
En medio de los fuegos artificiales sobre las cúpulas de New Babbage, Paula y Sara deben decidir si seguir huyendo del sistema o construir un hogar permanente.
—Pero si nos quedamos en el sistema Stanton, terminaremos viviendo en una de esas cajas de hormigón de Lorville —replicó Paula.
Sara golpeó el cristal con el nudillo, dejando una pequeña mancha de vapor sobre el paisaje helado. Abajo, los rascacielos de New Babbage se retorcían como agujas de plata bajo la nieve. Las luces de la ciudad parpadeaban con una intensidad eléctrica, y los fuegos artificiales estallaban en el cielo nocturno, tiñendo de rojo las cúpulas de microTech.
—Es mejor que morirse por una ración de comida en las calles —replicó Sara. Se acercó al borde de la barandilla, donde el viento soplaba con fuerza sobre la cubierta de observación.
Un grupo de turistas cercano gritó cuando una ráfaga de fuegos iluminó el horizonte, haciendo que la nieve en sus hombros brillara como diamantes. Un camarero pasó por detrás de ellas con una bandeja, derribando un vaso de cristal contra el suelo. El sonido del cristal rompiéndose fue seco y agudo, obligándolas a dar un salto hacia adelante.
—Ese es el plan —dijo Paula, señalando el horizonte con el dedo—. Dejamos la nave en una estación de paso y buscamos algo lejos.
Las ráfagas de luz iluminaron el rostro de Sara por un segundo más antes de que la última granada de color se desvaneciera en el aire gélido.
El cristal de la cubierta vibraba con el estruendo de los fuegos artificiales que surcaban el cielo de New Babbage. Paula apretó la copa de cristal hasta que sus nudillos blanquearon. Afuera, las ráfagas de luz iluminaban la nieve que caía sobre las torres de microTech.
—Es el mejor espectáculo del sector —dijo Paula, señalando una explosión esmeralda sobre las cúpulas.
Sara dio un sorbo largo a su bebida y apartó la vista hacia el horizonte industrial. El líquido dejó una marca húmeda en su labio superior.
—A veces me cansa, Paula. Esa vida de barrio obrero en el borde del sistema. Me despierto con el olor a combustible quemado pegado a las sábanas.
Paula se quedó quieta, con la copa a medio camino de los labios. El zumbido de las luces rítmicas le golpeó el pecho.
—Es la vida que elegimos —replicó Paula.
Sara dejó la copa sobre la barandilla de metal. Una ráfaga roja iluminó su rostro y el zumbido del sistema se volvió un eco sordo.
—Ya no me basta con este sol artificial —soltó Sara—. Quiero algo que no tenga precio de recuperación.
Paula dio un paso adelante y puso la mano sobre el hombro de su amiga, apretando con firmeza.
—Entonces nos vamos a ir. Mañana mismo buscamos un contrato en el cinturón.
Sara se giró y la tomó por las manos, apretando con fuerza.
—Prepara el rastro de salto. Mañana mismo salimos de aquí.
El estruendo de los fuegos sobre la cúpula de New Babbage hizo vibrar las copas en sus manos. Paula dio un trago largo a su bebida, sintiendo el ardor del alcohol quemar la garganta. Abajo, las luces de MicroTech eran una red eléctrica que parecía asfixiar el horizonte nevado.
—Me cansa ver cómo los otros se reparten el pastel mientras nosotros solo recogemos las migas en Lorville —soltó Sara, señalando con el dedo tembloroso una de las torres más altas.
Paula recordó el frío húmedo del hangar donde habían pasado los últimos tres años, las manos entumecidas por el trabajo en los motores y la falta de sueño acumulada. Aquella fatiga era un peso físico, una mancha persistente en las sábanas de la cabina.
—La adrenalina no es un techo, Sara —dijo Paula, apretando el borde de la barandilla hasta que los nudillos le blanquearon—. Es solo una forma de no sentir que nos estamos quedando atrás.
Un nuevo estallido iluminó la cubierta, tiñendo de naranja los copos de nieve que revoloteaban en el aire. Sara puso su mano sobre la de Paula, apretando con fuerza.
—Basta de vivir en el borde del mapa —sentenció la chica, mirando hacia la rampa de desembarque.
—Entonces vamos a buscarlo —respondió Paula, levantando su copa hacia el horizonte de cristal.
El estruendo de los fuegos artificiales sobre la cúpula de cristal hizo vibrar el champán en las copas. Una ráfaga de luces blancas iluminó los rascacielos de New Babbage, bañando la cubierta de observación con un resplandor gélido.
—Si nos quedamos en el borde, Paula, voy a acabar como una de esas chatarras olvidadas en los muelles de Lorville —dijo Sara, apretando el tallo de su copa hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Paula apartó la vista de las luces y frotó un rastro de nieve que quedaba en la mesa. El frío del microTech calaba hasta los huesos, pero el ambiente en la terraza estaba saturado de gente gritando y el olor a ozono de los fuegos.
—No quiero que seas una leyenda urbana, Sara. Quiero que tengamos un lugar donde el techo no se cuela cuando llueve —replicó Paula con firmeza.
Recordó la ración de aire reciclado en el puesto de trabajo, la humedad pegajosa de las paredes y cómo tantas noches habían pasado contando créditos solo para sobrevivir al día siguiente.
—Mira ese skyline —señalo Paula hacia las torres de cristal—. No vamos a huir más. Vamos a comprar un trozo de tierra en Pyro. Un sitio donde el suelo no sea propiedad de una corporación que nos saca hasta los dientes.
Sara dejó la copa sobre el borde de la barandilla. Unos destellos dorados cruzaron su rostro mientras buscaba las palabras.
—¿En serio? ¿Una granja?
—Una casa con paredes gruesas y un jardín que no sea de plástico.
Paula tomó la mano de Sara, entrelazando sus dedos con fuerza. El metal de la barandilla recibió el golpe de un nuevo estruendo sobre la ciudad.
—Es hora de dejar de correr —sentenció Paula.
Sara asintió, inclinando la cabeza hacia adelante por el movimiento de un proyectil nocturno.
—Entonces será nuestra casa. No la de nadie más.