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Cero paciencia

Dos mecánicos veteranos enfrentan la arrogancia de un cliente rico en el hangar de Port Tressler, reafirmando su vínculo a través del conflicto.

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Una gota de aceite espeso y negro golpeó el suelo metálico del hangar, deslizándose por la pata de la grúa de una Reclaimer. El fluido oscuro manchaba el suelo grisáceo cerca de la bahía de reparación, justo donde un hombre con un traje de seda que costaba más que el motor del vehículo señalaba con un dedo índice rígido.

—Quiero la turbina reparada antes de que el ciclo termine, no me importa lo que cueste —soltó el cliente, golpeando la mesa de trabajo con un fajo de créditos.

Iker dio un paso al frente, apartando una llave inglesa que goteaba grasa sobre su propio guante. El hombre de la empresa corporativa se acercó un centímetro más, invadiendo su espacio.

—Esa pieza está fundida por completo, es imposible repararla en unas horas —replicó Iker con la mandíbula tensa.

—He pagado por el mejor servicio de MicroTech, no me vengas con excusas técnicas —escupió el tipo, lanzando una tableta electrónica sobre el motor.

Rubén se colocó al lado de Iker, cruzándose de brazos mientras un grupo de técnicos cercanos dejaba de mover piezas para observar la escena.

—Pues puede irse a quejarse con el dueño, porque aquí las leyes de la física no se negocian por un cheque —soltó Rubén.

El cliente dio un paso adelante y señaló con el dedo índice la junta defectuosa de la Reclaimer. El líquido negro goteaba sobre el suelo metálico, unánime en su desprecio por la reparación.

—Es una basura de motor, igual que vuestra formación —escupió el hombre, con la cara roja por el alcohol de las cantinas—. Solo eres mano de obra barata, Iker. No tienes ni idea de cómo se maneja una nave de este calibre.

Iker apretó la llave inglesa hasta que sus nudillos blanquearon. A su lado, Rubén dio un paso al frente y le arrebató la herramienta a Iker con un movimiento seco. El cliente retrocedió un centímetro, sorprendido por la cercanía del cuerpo de Rubén.

—Vas a volver a tu nave con el motor funcionando, o me voy a asegurar de que la grúa no solo gotee aceite esta noche —dijo Rubén, bajando la voz hasta convertirla en un gruñido.

—¡Veteala mierda! —gritó el cliente, lanzando una llave inglesa pequeña que rebotó en la carrocería de la nave.

Iker agarró el mango de la herramienta antes de que tocara el suelo y le lanzó un pulgar hacia arriba a Rubén.

—Dile que si quiere calidad, se vaya a una concesionaria de Lorville —soltó Iker.

El hombre comenzó a gritar de nuevo, pero Rubén ya estaba empujándolo hacia la rampa de salida. El cliente tropezó con un bidón de grasa y cayó sentado, soltando una maldición que resonó en todo el hangar.

—Fuera de aquí —sentenció Rubén mientras lo empujaba con el hombro hacia la rampa.

El cliente se levantó gateando, siseando insultos mientras caminaba hacia las puertas automáticas. Iker se cruzó de brazos y soltó un bufido de desprecio. Se acercó a Rubén y le dio un golpe amistoso en el antebrazo.

El pavo de las finas sedas del cliente se sacudió cuando Rubén dio un paso al frente, apartando la grasa de sus nudillos con un trapo sucio. El hombre de negro se quedó callado, pero la vena de su frente palpitaba con furia.

—Si tiene tanta capacidad para criticar el trabajo ajeno, su señorito, es porque no ha tenido que ensuciarse las manos montando un motor de estas piezas —soltó Rubén con una voz gélida que cortó el aire del hangar.

El cliente abrió la boca como un pez fuera del agua. A pocos metros, una grúa hidráulica soltó un chirrido metálico y el hombre dio un respingas.

—¡Es mi nave! ¡Ese pedazo de...!

—Es su nave si sabe cómo mantenerla, no si solo tiene dinero para pagar facturas que no entiende —replicó Rubén, acercándose un centímetro más—. La mano de obra aquí es de la que sabe por qué su nave sigue volando y la suya está en el suelo.

El cliente gritó, rojo como un tomate, y golpeó con el puño la mesa de herramientas. Una llave inglesa saltó por el aire y aterrizó sobre su zapato de cuero. El ruido atrajo las miradas de los mecánicos cercanos, que dejaron de soldar para observar el espectáculo. El hombre levantó la mano para abofetear a Iker, pero Rubén le puso la palma en el pecho antes de que conectara.

—Siguiente cliente, porfavor —dijo Rubén con una mueca de desprecio.

El tipo dio un pisotón, soltó un grito de indignación y salió del hangar dando tumbos. Iker lo miró, apretó la mandíbula y dio un golpe seco en el chasis con el puño.

—Buen movimiento —dijo Iker.

Rubén soltó una carcajada seca. Se dio la vuelta y le dio un empujón amistoso en el hombro a Iker.

—Dile que se vayaa la mierda.

El cliente dio un paso al frente, con la cara enrojecida por el esfuerzo de gritar. Levantó un dedo acusador hacia el chasis de la Reclaimer.

—¡Llamad a vuestro jefe! ¡Voy a denunciar esta chapuza en el registro de MicroTech! —bramó el hombre.

Iker soltó una carcajada seca que hizo eco en las paredes metálicas del hangar. Se cruzó de brazos y dio un paso hacia adelante, quedando a escasos centímetros del pecho del cliente.

—Si tanto te preocupa la calidad, puedes irte a pedir una grúa en Lorville. Aquí las piezas se ajustan con precisión, no por capricho de un señorito que no sabe distinguir una válvula de presión de un escape.

—Estás insultando mi trabajo, pedazo de imbécil —replicó el hombre, lanzando un manojo de facturas sobre la mesa de trabajo.

Rubén agarró el papel con una mano firme y lo arrugó hasta convertirlo en una bola compacta. Lo lanzó de vuelta al pecho del cliente con un movimiento seco.

—Vete a casa antes de que te cobremos el derecho a ser un pesado —sentenció Rubén.

El cliente balbuceó, dio media vuelta y tropezó con una caja de herramientas antes de salir disparado hacia el pasillo principal. La gente alrededor se detuvo un instante para observar la escena antes de seguir con sus ruidos de construcción.

Iker y Rubén se acercaron al rincón de las herramientas pesadas, apartados del bullicio del hangar. Iker golpeó un soplete contra el soporte de metal con un movimiento brusco y seco. Rubén le dio una palmada en la nuca.

—Ese bastardo iba a pedir un descuento por el retraso —masculló Iker, con la mandíbula tensa.

—Le has dado donde más le dolía —contestó Rubén, proyectando la mandíbula hacia un lado mientras acomodaba una llave inglesa en el estante.

Un café humeante antes de empezar el turno

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