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Venga, que nos la cuelan

Lucía y Robin se alían para engañar a un vendedor tramposo en el mercado de New Babbage.

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—Vamos a ver si este tipo tiene lo que necesitamos —dijo Lucía mientras se acercaba al puesto del vendedor.

Robin asintió y siguieron caminando entre la multitud. El mercado de la plaza nevada de New Babbage estaba abarrotado, con puestos llenos de componentes y piezas para naves. El aire estaba cargado con el murmullo de las conversaciones y el sonido de los créditos cambiando de mano.

El vendedor, un tipo alto y delgado, les mostró una pieza brillante. —Esta es la mejor que tienen en el mercado —afirmó con seguridad—. Para su Reclaimer, no hay nada mejor.

Lucía y Robin intercambiaron una mirada cómplice. Sabían que el vendedor intentaba timarlas. Habían visto piezas similares en otros puestos, pero ninguna tan cara. Decidieron regatear, usando sus conocimientos de mecánica para desmontar los argumentos del vendedor.

—Nos estás colando un duplicado —dijo Robin con firmeza—. Esa pieza no vale lo que pides.

El vendedor intentó defenderse, pero Lucía y Robin estaban preparadas. Durante un rato largo, discutieron el precio y la calidad de la pieza, usando su experiencia para convencer al vendedor de que bajara el precio. Al final, lograron un acuerdo justo.

Mientras se alejaban del puesto, las dos rieron y celebraron su victoria. Habían trabajado en equipo para plantarle cara al vendedor y salir airosas.

La pieza brillaba bajo la tenue luz neón del puesto, un componente para el sistema de refrigeración de la Reclaime que necesitaban desesperadamente. Robin entrecerró los ojos al examinarla más de cerca; algo no cuadraba. Con un gesto rápido, casi imperceptible, movió la cabeza hacia Lucía. Esta captó la señal y fingió interesarse por otra pieza del puesto.

Mientras el vendedor intentaba colar detalles técnicos que no encajaban, Robin deslizó discretamente una mano hacia su cinturón. Lucía, sin perder de vista al tipo, asintió levemente. Sabían lo que había que hacer: dejar que él se confiara. El ambiente en la plaza nevada era caótico; los gritos de otros vendedores y el bullicio de la multitud cubrieron sus movimientos.

Robin sacó un escáner portátil del bolsillo, lo activó con un gesto rápido y lo ocultó bajo el mostrador, simulando una torpeza. El dispositivo comenzó a parpadear en silencio; los datos confirmaron sus sospechas: la pieza estaba defectuosa. Lucía, sin perder la compostura, fingió admirar la supuesta ganga mientras su mente trazaba el plan.

El vendedor sonrió, creyendo que ya tenían el anzuelo mordido. Robin intercambió una mirada con Lucía; era hora de actuar. Con un movimiento sincronizado, ambas se inclinaron hacia adelante como si quisieran inspeccionar el componente más de cerca. La pieza cambió de mano varias veces mientras simulaban examinarla, y cada vez que lo hacía, Robin ajustaba sutilmente algo en su escáner oculto.

El ambiente estaba cargado; el bullicio del mercado parecía amortiguarse a su alrededor. Lucía mantuvo la calma, sus dedos rozando apenas la superficie de la pieza mientras el vendedor seguía con su charla. Robin, por otro lado, manipuló discretamente un botón en el escáner. Un suave pitido resonó en su muñeca.

El juego había comenzado.

El mercadillo de New Babbage hervía bajo los hologramas parpadeantes, la nieve artificial posándose sobre los puestos abarrotados de chatarra espacial. Robin deslizó el sensor por la superficie de la unidad de combustible, sintiendo el pulso acelerado en sus muñecas al detectar la grieta oculta bajo la capa de pintura. Maldito tramposo, pensó, recordando a aquel estafador de Barcelona que le vendió un motor averiado años atrás. Lucía mantenía al vendedor entretenido, lanzándole preguntas sobre especificaciones técnicas mientras jugueteaba con una herramienta en su mano.

Robin revisó el defecto con más detalle, notando cómo la grieta serpenteaba hacia el núcleo del componente. Tiene que ser eso, se dijo, sintiendo el calor de la adrenalina. Lucía, al verla asintiendo levemente, incrementó el ritmo de sus preguntas. El vendedor, un tipo de rostro enrojecido y voz grasienta, intentaba mantener la compostura mientras sudaba bajo su chaqueta de lana. Robin se acercó a Lucía, dejando caer la herramienta en su mano con un golpe seco.

—Esa grieta lo inutiliza —susurró Robin, sus ojos brillando con complicidad—. Si quiere jugar, jugamos todos.

Lucía asintió, sintiendo el peso del objeto en su palma. Vamos a darle donde le duele, pensó, recordando las tácticas de regateo que aprendió en los mercadillos de Madrid. Con un movimiento rápido, Lucía exhibió la pieza defectuosa ante el vendedor, sus dedos señalando la grieta con precisión quirúrgica.

El hombre palideció al ver la evidencia, su boca abriéndose y cerrándose como un pez fuera del agua. La multitud alrededor murmuraba, algunos espectadores se acercaban para presenciar el espectáculo. Robin cruzó los brazos, sintiendo una satisfacción perversa al ver cómo el vendedor intentaba balbucear una excusa.

La plaza nevada de New Babbage bullía bajo el brillo artificial de los hologramas publicitarios. Vendedores voceaban ofertas entre el gentío, turistas fotografiaban drones flotantes y técnicos ajustaban piezas robóticas sobre carritos volantes. Un niño corría entre los puestos, esquivando a un androide repartidor que servía café en vasitos de papel.

Lucía sostenía la pieza defectuosa ante las narices del timador mientras Robin enumeraba los daños con voz neutra y tono técnico.

—Esta unidad no ha visto mantenimiento desde hace al menos cinco años —dijo Robin—. Los sellos están rotos, el circuito está oxidado. Si lo instalan en su Reclaime, les explotará en la cara antes de despegar.

El vendedor intentó protestar, pero Lucía le cortó con un gesto seco.

—Guárdese sus mentiras —murmuró—. No somos novatas.

Con una mirada cómplice, las dos se giraron y se alejaron del puesto. El timador balbuceaba algo a sus espaldas, pero no les importó. Robin silbó una canción popular de Hurston mientras Lucía le daba un empujoncito juguetón con el codo.

A pocos metros, la madre del niño que corría lo agarró por la muñeca y le reprendió:

—Venga ya, ¿no ves que casi te atropella ese transportador?

La ciudad nevada de New Babbage, en microTech

¿Te dejas el undersuit?

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