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Recargo

Tras una rabieta colectiva contra un cobrador abusivo en un tren de carga, dos trabajadoras comparten confidencias entre la multitud de Lorville.

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Rocío ajustó la soga de su faja mientras el tren de carga vibraba con un estruendo metálico que hacía saltar las chispas en las vigas del techo. El aire en el vagón de Lorville olía a grasa hidraulica y sudor rancio. Un hombre con el uniforme desgarrado por los bordes de la empresa ferroviaria golpeó su núcleo contra el contenedor.

—Es una tasa extra por zona de riesgo, chica. Cincuenta créditos más o el flete no sale de la rampa —gruñó el cobrador, bloqueando el paso con un brazo robusto.

Rocío dio un paso adelante y empujó la mano del hombre hacia atrás.

—En las facturas de Hurston no hay mención a ninguna tasa de riesgo por este punto de la línea. No voy a pagar ni una moneda más.

—Ese es el precio por mover carga pesada en horario nocturno —replicó el sujeto, asintiendo hacia un grupo de trabajadores que observaban con curiosidad.

Marta tiró del hombro de Rocío y señaló al hombre con un dedo enguantado.

—¿Cincuenta créditos? Si lo vas a cobrar, tienes que firmar el recibo oficial aquí mismo. En el papelito si lo tienes.

El cobrador retrocedió un centímetro, buscando en su carpeta de cuero, pero el hombre escupió al suelo.

—No hay papel para estas cuotas. Es un impuesto de circulación especial.

El cobrador pegó un golpe seco sobre el metal del compartimiento, haciendo que las latas de ración en la mesa vibraran.

—No hay billetes para adelantar el transporte, chica. O pagas la tasa de carga o te bajas en la siguiente parada del ramal ferroviario —espetó el hombre con el rostro enrojecido por el calor de la cabina.

Rocío se puso en pie de un salto, empujando el hombro del cobrador hasta que este retrocedió un paso.

—¡Pues vete———a la mierda tú y a tu empresa de transporte! —gritó ella con la voz rasposa por el polvo de las minas.

El hombre abrió la boca para protestar, pero una ráfaga de gritos brotó de los obreros que estaban sentados en las gradas contiguas. Un tipo corpulento con el uniforme desgarrado por la acidificación del aire se puso en pie y comenzó a golpear la pared lateral con el puño.

—¡Es el cobrador abusivo! ¡No nos da el derecho de paso por la ruta de Lorville! —rugió el trabajador.

La multitud se movilizó como una sola marea de uniformes sucios. El hombre del billete retrocedió, tropezando con una caja de herramientas.

—¡Es una estafa! —gritó otro, levantando un trofeo de metal roto sobre la cabeza.

Rocío encaró al cobrador, señalando su pecho con un dedo rígido.

—Si vuelves a acercarte con esa factura, te voy a enseñar lo que hace el trabajo pesado en las minas.

El cobrador, viendo que la masa de hombres lo rodeaba, dio media vuelta y huyó hacia el pasillo principal. El resto de los obreros soltaron un rugido de aprobación y se sentaron, recuperando el aliento mientras las paredes del tren seguían vibrando por la maquinaria.

Marta le dio un trago largo a su cantina de agua y se acercó a ella.

El cobrador retrocedió un paso, tambeándoleando con el ticket de transporte mientras la multitud en el vagón rugía. Algunos trabajadores levantaron sus manos callosas, golpeando las paredes de metal del tren con un ritmo sordo y protestante.

—¡No voy a pagar ni un crédito más por este despropósito! —gritó Rocío, señalando el fajo de facturas falsas que el hombre sostenía como un trofeo.

El cobrador balbuceó una excusa sobre las tasas de Lorville, pero la gente ya lo rodeaba. Una mujer de hombros anchos le arrebató el fajo de papeles y lo arrugó hasta convertirlo en una bola sin valor. El hombre dio media vuelta y huyó hacia la cabina de control, perdiéndose entre el humo de los motores.

Rocío se dejó caer en un asiento desgastado junto a Marta. El tren dio un tirón brusco, haciendo que el café salpicara por las paredes.

—Ese tío es un auténtico linyer, te lo juro —dijo Rocío, recuperando el aliento.

Se acercó el termo de café y Marta le dio un sorbo largo, cerrando los ojos mientras el calor le quemaba el paladar. Fuera, las protestas seguían retumbando contra el chasis de acero. Marta le pasó la taza a Rocío y señaló un grupo de obreros que gritaban en el exterior.

—A veces hay que ser terca para sobrevivir en este sector.

Rocío tomó el termo y le dio un trago largo, sintiendo cómo el líquido caliente le quitaba el amargor del lío. Abajo, el tren seguía avanzando por las vías de Lorville.

El cobrador se dio la vuelta, fulminando a Rocío con una mirada retadora mientras se ajustaba el uniforme mugroso. El hombre escupió al suelo, justo en el zapato de una mujer que soltó un gruñido sordo.

—Vetea tomar por el trasero, ya pagamos la tasa de carga —escupió Rocío, señalando con el dedo índice el comprobante arrugado en su mano.

El cobrador retrocedió, tropezando con una caja de suministros que bloqueaba el pasillo. El resto del vagón estalló en abucheos. Un trabajador de la minería, con las manos aún manchadas de grasa negra, se puso en pie y comenzó a corear insultos contra el hombre. El cobrador, viendo que perdía el control de la situación, levantó las manos en señal de rendición y se marchó hacia el siguiente compartimento.

Rocío se dejó caer en el asiento de metal junto a Marta, que todavía tenía las manos temblorosas. Un hombre corpulento de la zona de carga se sentó en el espacio vacío frente a ellas, dejando escapar un gruñido tras mover una maleta pesada.

—Ese tío no iba a soltar ni un crédito, pero te ha dado una lección de cómo manejar los billetes en Lorville —dijo Marta, ajustándose la chaqueta.

—Me ha dado ganas de quemar el puesto de cobro antes de que ese ladrillo entero se mueva —replicó Rocío.

El tren vibró con tanta fuerza que una tubería en el techo soltó un chorro de vapor. Marta se acercó más a ella, dividiendo el poco espacio disponible entre las mochilas apiladas.

—Iréis a la Constellation Andromeda, ¿verdad? —preguntó Marta en voz baja por encima del estruendo del motor.

—Sin minas, sin turnos de doce horas y sin cobraros abusivos. Solo un trozo de tierra donde el aire no sepa a combustible quemado.

La ciudad de Lorville, en Hurston

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