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Dos horas después

Ariel y Aitor se enfrentan a la presencia de un antiguo amor mientras esperan el despacho de aduanas en Everus Harbor.

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El oficial de aduanas golpeó el sello sobre un fardo de suministros médicos, haciendo retumbar la mesa. El eco del golpeó contra el metal rascó los oídos de quienes esperaban en la fila de Everus Harbor. Un hombre con el uniforme arrugado por las horas de turno revisó una lista de raciones, anotando un código con parsimonia. A su lado, el aire solapaba el olor a ozono y el zumbido constante de los motores de la estación orbital.

Ariel mantuvo la vista fija en el manifiesto de carga que sostenía entre las manos. El papel era áspero y las letras impresas en pequeño se borraban por la humedad ambiental. Aitor revisaba el inventario del contenedor contiguo, su pecho rozaba el hombro de Ariel en la estrechez de la fila. El contacto era constante, una cercanía que recordaba el calor de pieles conocidas en una nave pequeña.

A un par de metros, el oficial se detuvo. Una mujer con ropa civil desgastada y una maleta pesada soltó un suspiro de frustración al ver que su mercancía no estaba en la lista autorizada.

—Esos productos son de contrabando —sentenció el agente sin levantar la vista del papel.

La mujer protestó, señalando una caja de suministros electrónicos. El oficial simplemente señaló el sello rojo de rechazo.

Ariel sintió la mirada de Aitor sobre su cuello antes de que el hombre murmurara algo sobre las nuevas leyes de importación de Hurston. El intercambio fue breve, una ráfaga de palabras sobre cargos ocultos y rutas comerciales que el oficial ignoraba por completo.

—No te vas a librar de esto tan fácil —dijo Aitor en voz baja, tratando de ocultar una mueca.

La mujer soltó un grito sordo que hizo que el oficial levantara la vista por primera vez. El ruido atrajo a otros pasajeros, quienes se amontonaron alrededor de la mesa de registro como buitres sobre una presa.

El aire acondicionado en el hangar de Everus Harbor escupía ráfagas gélidas sobre las filas que avanzaban con lentitud. El zumbido de los motores de carga en el exterior hacía vibrar las paredes de metal gris. Ariel acomodó un fajo de documentos sobre el maletín mientras Aitor revisaba la lista de suministros. Un oficial de aduanas, con el uniforme impecable y una insignia que relucía bajo las luces cenitales, se detuvo frente a ellos. Tenía la piel curtida por el sol de Hurston y una cicatriz que cruzaba su pómulo izquierdo.

Era el hombre con el que Ariel había compartido más que solo rutas de comercio. El sargento se quedó helado mientras el oficial escrutaba los sellos del manifiesto. Aitor notó la rigidez en la postura de Ariel y el cambio en el ritmo de la respiración del grupo. El oficial soltó un gruñido de aprobación y selló el papel con un golpe seco.

—Parece que las mercancías están en orden —dijo el oficial, ignorando la tensión eléctrica entre los presentes.

Ariel le pidió que revisara las unidades de combustible antes de seguir. El hombre asintió, señalando un bulto en la rampa del carguero. Aitor intervino, comentando que el trato de suministros estaba cerrado por decreto imperial. El oficial soltó una risa seca y les dio paso hacia la zona de embarque. Ariel se quedó con la palabra en la boca, sintiendo el peso del pasado en cada ruidoso paso de las botas militares sobre el suelo de la estación.

El aire en la terminal de Everus Harbor pesaba por el zumbido de los generadores y el bullicio de los cargueros de Hurston. El ex socio se movía con una soltura que solo otorgaba el haber pisado los mismos muelles de carga una y otra vez. Se acercó a Aitor con la seguridad de quien todavía cree que tiene derecho a reclamar una parte del botín. El hombre soltó frases cargadas de una intimidad que solo Ariel comprendía, lanzando dardos sobre tratos fallidos y promesas hechas en cabinas de mando mal aisladas. Cada palabra del antiguo socio era un reproche disfrazado de nostalgia, una soga que intentaba arrastrar a Aitor hacia las viejas deudas de Ariel.

El hombre mantuvo la mirada fija en el hombro de Aitor, ignorando deliberadamente la presencia de Ariel. La conversación derivó en una lista de agravios sobre rutas comerciales bloqueadas y contratos quemados, obligando a los presentes a elegir entre la defensa o el silencio. Aitor recibió las críticas con una rigidez que delataba su incomodidad, mientras el aire entre los tres se cargaba de una electricidad malévola.

Ariel observó cómo el hombre rozaba el brazo del otro, buscando una cercanía que ya no le pertenecía. El intercambio de palabras era un juego de espejos donde el pasado se proyectaba sobre el presente, dejando claro que los rencores no se habían evaporado con la distancia. El tercer individuo en el grupo, un transportista que empujaba un carro de suministros, se detuvo cerca, forzando a la s. El hombre insistió en que Ariel era el único con la llave de las cuentas bloqueadas, un reclamo que buscaba una respuesta que Aitor se negaba a dar. La tensión en la fila de aduanas aumentó mientras el ex socio insistía en que solo Ariel podía rectificar los errores cometidos.

El murmullo de las turbinas en el hangar de Everus Harbor retumbaba en las paredes de hormigón, fundiéndose con el zumbido constante de los escáneres de aduana. El antiguo socio comercial insistía en relucir logros pasados, mencionando contratos que Ariel había firmado bajo su tutela y proyectos que el hombre ahora pretendía haber perfeccionada solo. Aitor mantuvo la mano apoyada en el hombro de Ariel, un contacto firme que marcaba territorio frente a las palabras del tercero. Cada vez que el ex lanzaba una crítica disfrazada de nostalgia sobre la gestión en Hurston, Ariel evitaba que su mano se apartara ligeramente. El hombre insistió en que las deudas de la antigua empresa seguían bajo su responsabilidad, un reclamo que hizo que el aire en la fila se volviera más pesado. Aitor respondió con un tono gélido, aclarando que los acuerdos legales habían caducado hacía tres ciclos solares. El ex se indignó por las condiciones de los acuerdos actuales, mencionando un trato que solo él y Ariel conocían. La tensión subió cuando el hombre intentó localizar la maleta de registro suministrada por el puerto, moviéndola con una urgencia que atrajo la atención del guardia.

Ariel se mantuvo en silencio mientras el hombre insistía en que sus métodos de logística eran los únicos válidos. El paso hacia la cabina de inspección se volvió más lento, cada movimiento en la hilera cargada con el eco de lo que no se había dicho durante años. Aitor apretó la mandíbula ante las acusaciones sobre la calidad de los suministros. El ex soltó un comentario mordaz sobre las rutas comerciales en el sector de ArcCorp, buscando una reacción que Ariel le negó con la mirada baja. La proximidad física entre los tres en el espacio reducido de la aduana obligaba a un contacto cercano. El hombre se quejaba del trato recibido en el puerto de carga, reclamando una atención que ya no le pertenecía. Aitor intervino para dejar claro que Ariel ahora operaba bajo estándares distintos, lejos de las tácticas arriesgadas del pasado.

La estación orbital Everus Harbor, sobre Hurston

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