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Flete por el Alquitrán

En un tren de carga hacinizado entre los módulos industriales de Lorville, Cel y Olaia se ven obligadas a intervenir ante el acoso de un cobrador de suministros. La gresca por…

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—Te lo has cobrado ya, pedazo de alucín. Paga la factura completa o deja de dar porquería —gritó el hombre, golpeando con el puño la mesa de metal que servía de taburete.

El cobrador, un tipo corpulosto con la piel tizonada por el polvo industrial de Lorville, soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes del vagón. A su alrededor, otros trabajadores de la mina se detuvieron en medio de sus tareas, dejando de mover cajas para observar el espectáculo.

—Mira tú este gallo —escupió el cobrador, señalando a Cel—. El papel dice que la ración de minerales fue insuficiente. O quizás es que tu empresa se ha quedado sin pasta y quieres que me lleve el cargamento por las buenas.

—La ración es la correcta según el contrato de suministros —replicó Cel, apretando los dientes. El calor en el tren era asfixiante, una mezcla de grasa caliente y sudor humano que pegaba la ropa a la piel.

—¡Yo digo que no! —rugió el hombre, acercándose tanto que su aliento fétido olía a café barato y tabaco—. ¡O lo pago tú o se lo queda el sindicato de transporte!

Olaia dio un paso al frente, rompiendo la barrera de seguridad que Cel intentaba mantener.

—Escucha bien, tonto —dijo ella con una calma que resultaba más peligrosa que cualquier grito—. Si te vas por la fuerza, el encargado de activos va a clausurar tu licencia antes de que puedas decir "crédito". ¿Quieres problemas legales o quieres cobrar lo que hay en el contenedor?

El cobrador balabucó. Un par de trabajadores cercanos soltaron una risa burlona. El hombre miró a su alrededor, notando que el ambiente se tornaba hostil para él.

—Es una deuda injusta —masculló, pero dio un paso atrás.

—Entonces usa las palabras para apelar, no los puños —sentenció Olaia.

Cel sintió un hormigueo en las manos. La tensión en el tren era casi eléctrica, una chispa que amenazaba con saltar entre los trabajadores hacinados.

—Venga ya, déjalo ir —susurró Cel, dándole un empujón a Olaia hacia atrás.

El cobrador, viendo que no iba a ganar apoyo por la fuerza bruta, hizo un gesto rudo con el hombro y volvió a su grupo. La multitud recuperó su ritmo de trabajo, aunque las miradas seguían cruzando el pasillo.

—Si te vuelve a soltar una de esas, le diré que tu madre es una Reclaimer jubilada —masculló Cel, agotado.

—Tienes mala leche para las mamás, pero me gusta —respondió Olaia con una sonrisa de lado.

El rugido de la maquinaria industrial de Lorville se filtraba a través del metal del tren, haciendo vibrar el suelo bajo sus pies. El aire estaba cargado de partículas de óxido y el olor rancio a combustible quemado que definía la zona baja del muelle. A su alrededor, el gentío de obreros se amontonaba como sardinas en una lata de suministros, cada uno intentando ganar unos centímetros de espacio vital.

—¡Te digo que la factura no cuadra! —gritó el cobrador, un hombre corpulento con las manos manchadas de grasa que se cernía sobre un operario menudo.

El perplejo trabajador retrocedió contra una pared de carga, sosteniendo un rastro de hojas de datos digitales. El cobrador golpeó el muro con un puño, haciendo que los escombros superiores saltaran sobre el grupo.

—La empresa no va a pagar de más por un cargamento de combustible que ha perdido la mitad de su densidad en el tránsito. Es una estafa, no un error de cálculo —espetó Olaia, dando un paso al frente.

El tipo se giró hacia ella con una sonrisa maliciosa, mostrando un diente roto. La sogueó con la mirada antes de señalar al operario.

—Es mi tarifa por el riesgo de transporte. Si no hay más créditos, el siguiente cargamento sale de la rampa sin sellos de seguridad. Es mi regla.

El cobrador se acercó al hombre, quien temblaba visiblemente mientras intentaba explicar que el sensor de carga había fallado. Fue entonces cuando un grupo de trabajadores empezó a murmurar, perdiendo la paciencia por el acoso constante en la zona de embarque.

—A lo mejor te cobran por el aire que respiras, pedazo de alucín —gritó alguien desde el fondo del convoy.

El cobrador soltó una carcajada seca y se volvió hacia el operario, acercando su rostro a centímetros del suyo.

—Paga ahora mismo o te mando una factura por daños morales que no vas a poder cubrir ni en tres vidas.

Justo cuando el hombre iba a arremeter de nuevo, Cel sintió un empujón brusco en el hombro. El acosador se giró para encarar a Cel, pero la expresión de este no mostraba ni una pizca de miedo.

—Mira si te lo explico bien —dijo Cel, con una calma que resultó más intimidante que cualquier grito—. El hombre está asustado porque tú eres un buitre con uniforme. Si vuelves a tocar su equipo o a exigir una misquinada, voy a asegurarme de que tu próxima auditoría sea la más ruda que hayan visto en Lorville.

El cobrador balbucó algo sobre las normativas de suministro, pero la multitud alrededor empezó a cerrarse sobre él. El ambiente estaba tan tenso que el propio aire parecía pedir permiso para moverse.

El cobrador dio un paso atrás, retrocediendo hasta que sus talones golpearon el metal frío de la pared del vagón. El aire en el convoy se volvió denso, cargado de un olor acre a grasa industrial y sudor rancio.

—Lo que tú has hecho —intervino Cel, dando un paso al frente mientras otros trabajadores se detenían en seco para observar— es una retención ilegal de activos bajo el código de suministros de Hurston. Si revisas el manifiesto de carga que te entregamos en la base, verás que los suministros médicos son propiedad privada del sindicato de trabajadores, no de la empresa logística.

El hombre con el uniforme mal cortado parpadeó, tartamudeando mientras buscaba algo en su tableta electrónica.

—Pero las cuotas de transporte...

—Las cuotas son una estimación, no un impuesto sobre propiedad privada —cortó Cel con una precisión quirúrgica—. Es una interpretación abusiva de las normativas de transporte pesado en el sector industrial. Si sigues insistiendo, voy a presentar una demanda por robo de suministros esenciales ante la oficina regional.

El cobrador abrió la boca para replicar, pero Olaia no le dio tregua. Con un movimiento fluido y decidido, la mujer dio un paso hacia adelante, elevando su mano por encima de la cabeza del hombre. No fue una amenaza violenta; fue un gesto de dominio absoluto, el tipo de autoridad que solo alguien acostumbrada a mandar en las líneas de producción poseía.

—Basta ya —sentenció Olaia, su voz proyectándose sobre el ruido de las máquinas cercanas—. El muchacho tiene razón. Te vas a dar la vuelta y te vas a retirar antes de que el resto del equipo decida echarte por la escotilla.

La multitud soltó un rugido de aprobación. Un hombre corpulento que estaba cerca gritó algo sobre los abusos en Lorville, y un par de trabajadores empezaron a rodear al cobrador. El hombre del uniforme, sacudiéndose el polvo de las botas con manos temblorosas, dio media vuelta y se alejó hacia el fondo del tren sin mirar atrás.

—Ese maldito bastardo va a tener que pedir una auditoría de salud para recuperar el color en la cara, si es que le queda algo —masculló Olaia.

Cel soltó una carcajada seca que hizo eco en las paredes metálicas. El ambiente de hostilidad se transformó en una euforia colectiva. La gente alrededor empezó a hablar alto, compartiendo quejas sobre las condiciones de trabajo y los cobradores injustos.

—Lo has asustado tanto que va a pedir el traslado de sector, si tiene suerte —dijo Cel, limpiándose una mancha de grasa en el brazo.

Olaia se giró hacia ellos, con el rostro todavía encendido por la adrenalina del enfrentamiento.

El cobrador, con la cara tan roja como las alarmas de una planta de procesamiento, dio media vuelta y se alejó por el pasillo estrecho. Sussurros de aprobación recorrieron las filas del tren, un coro de trabajadores que finalmente veían a alguien ponerle nombre al abuso. Los hombres y mujeres armados con herramientas de trabajo pesadas descargaron gran parte de su frustión en el aire, señalándole al tipo mientras este se hundía entre los vagones de carga.

—Vaya que tiene agallas, ha dicho una mujer en el asiento de atrás, mientras un hombre con el uniforme bajado por el sudor asintía frenéticamente.

Cel se dejó caer contra la pared metálica, sintiendo el relieve de los remaches bajo su espalda. El hombro le dolía por el esfuerzo, pero había una chispa de adrenalina que todavía le recorría las manos. Se giró hacia Olaia, que permanecía con la mandíbula tensa y los nudillos blancos de tanto apretar el borde del asiento.

—Ese tipo no volverá a tocarnos hasta que le paguen un aumento de tres cifras —sentenció Cel, con una sonrisa que por fin mostraba algo de alivio.

Olaia soltó el aire con un gemido casi imperceptible, dejándose caer hacia el lado de Cel. El espacio era reducido, apenas suficiente para que sus hombros se rozaran en un rincón entre cajas de suministros industriales, pero en ese momento le pareció el lugar más cómodo del sector Lorville.

—Me juré que iba a darle un puñetazo en la mandíbula, pero me acordé de las multas por agresión en propiedad privada —admitió ella, la voz bajando a un tono confidencial.

—Es el sistema de Lorville, está diseñado para que la gente se arrincone hasta no poder respirar —replicó Cel, mirando el techo oxidado del convoy—. Solo quieren que nos olvidemos de cuánto valen nuestras horas de trabajo.

Olaia se acercó un poco más, buscando el calor que emanaba del cuerpo de Cel en medio de la gélida atmósfera industrial del tren.

—A veces siento que solo somos piezas de repuesto para las minas, como una pieza de un Prospector viejo.

—Pues hoy hemos dejado claro que las piezas tienen voluntad —dijo Cel, y por primera vez, la sonrisa no fue una máscara de supervivencia. Fue real.

El cobrador soltó un bufido cargado de bilis, golpeando el panel de control con el puño. El impacto hizo que la pantalla del terminal parpadeara, proyectando una luz azulada sobre el rostro sudoroso del hombre.

—Es la norma, pedazo de idiota. El flete por el alquitrán no se paga con promesas, se paga por adelantado porque la empresa no va a asumir el riesgo de tu incompetencia —escupió el tipo, acercándose tanto que Cel pudo oler el café barato y el tabaco rancio en su aliento.

—La normativa dice que si los cristales llegan sin fisuras, el pago se libera sobre la entrega en Lorville Prime —replicó Cel, manteniendo la espalda recta contra el metal frío del tren—. Y mira por la ventana. El sensor de integridad indica que nena ni una mota de polvo tiene el cargamento.

El cobrador gritó algo sobre contratos leoninos mientras un grupo de trabajadores en el muelle cercano comenzó a agolparse, atraídos por el escándalo. Uno de ellos, un tipo corpulten que parecía haber pasado demasiadas horas en las excavadoras, se plantó junto a ellos con una sonrisa maliciosa.

—Epa, esto tiene pinta de que va a ser divertido —gritó el hombre, provocando que el resto de la multitud se acercara con curiosidad.

El cobrador retrocedió un paso, perdiendo el impulso. La gente empezó a abuchear, un coro de gritos ahogados y gestos de desprecio que inundó el pletóor industrial.

—¡No tenemos más créditos! —gritó Olaia, levantándose y dando un paso adelante para quedar entre el hombre y Cel. Su voz sonó firme, proyectándose por encima del bullicio.

El cobrador, viendo que la marea humana le ganaba la posición y que el supervisor del muelle lo miraba con desaprobación, lanzó una última maldición. Dio media vuelta y se marchó hacia las grúa, dando un manotazo al aire.

Vista de la ciudad de Lorville, en Hurston

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