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Manual Incorrecto

Álvaro y Pau lidian con la frustración de un mueble rebelde en su pequeño piso en Lorville mientras intentan no tirar la casa por la ventana.

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El repartidor del edificio dejó el paquete frente a la puerta con un golpe seco contra el marco. El hombre gruñó algo sobre las normativas de carga y se marchó por el pasillo, dejando un fajo de láminas de madera y una caja llena de tornillos mal organizados en el rellano.

Dentro del piso, la superficie del suelo estaba cubierta por restos de embalaje. Álvaro empujaba con el hombro una tabla de roble sintético contra un soporte metálico que parecía rechazarla con terquedad. El mueble era una estantería de diseño minimalista que, en teoría, debería haber sido fácil de montar. Pau sostenía el folleto con una mano mientras la otra se hundía en el montón de piezas sueltas. Le explicó verbalmente que la ilustración mostraba una pieza con un ángulo diferente, señalando un gráfico confuso donde tres tornos parecían fundirse en uno solo.

Álvaro ignoraba la sutil corrección mientras aplicaba más fuerza, haciendo que el mueble crujiera bajo su peso.

—Es que si lo giramos un poco más debería encajar —insistió él, haciendo un esfuerzo que hizo que sus músculos tiritaran bajo la camiseta.

—No es por el ángulo, es porque te has saltado el paso tres —replicó Pau con un deje de desesperación.

La madera chirrió de nuevo y la base cedió ligeramente hacia el lado izquierdo.

Álvaro empujó la madera con un esfuerzo que hacía temblar sus brazos, mientras Pau le señalaba el manual con un gesto de superioridad. El mueble, una estantería de diseño minimalista para el piso en Lorville, parecía burlarse de ellos. Las instrucciones eran un desastre de diagramas ambiguos y flechas que no llevaban a ninguna parte lógica. Álvaro siseó una protesta sobre la falta de claridad del fabricante, pero el hombre frente a él le replicó que el problema era su propia falta de paciencia.

La frustración acumulada explotó cuando Pau giró la estructura por completo para comprobar el anclaje. En ese instante, el mueble emitió un crujido seco y la base se desprendió por completo. El error era evidente: habían montado el soporte principal al revés, dejando las uniones expuestas hacia el suelo. Álvaro soltó un bufido de indignación mientras Pau le explicaba que la culpa era del diseño defectuoso. Mientras discutían sobre quién tenía la razón, el gato saltó sobre una caja de tornillos, derribando un bote de pegamento que se derramó por la alfombra.

—Es una obra de arte moderna —murmuró Álvaro, señalando el desastre en el suelo.

Pau se echó a reír ante la magnitud del desastre, ayudándolo a derribar el resto de los paneles. Entre risas y reproches por la hora de trabajo perdida, terminaron sentados en el suelo, rodeados de piezas sueltas y madera mal ajustada. El esfuerzo físico lo dejó sin aliento, pero la cercanía de sus cuerpos en aquel rincón estrecho del piso hizo que el enfado se transformara en algo más suave, una chispa de complicidad que solo ellos compartían.

El callejón de Lorville retumbaba con el zumbido de los generadores industriales que hacían vibrar el cristal del balcón. En la calle, un repartidor de Lorville Express maniobraba una moto por el bacheado asfalto mientras un grupo de obreros cargaba sacos de cemento hacia una estructura en construcción. La ruidosa vida urbana se filtraba por las rendijas de la ventana, ajena al caos interior del piso.

Pau levantó una pieza pequeña y redonda que había estado olvidada en el rincón del embalaje. Al notar que era el tornillo fundamental para unir la estructura principal, soltó una carcajada que hizo eco en las paredes. Álvaro dejó de presionar la madera con violencia, soltando un suspiro mientras se limpiaba el sudor de la frente.

—Es que es ridículo —dijo Pau mientras lo sostenía en el aire.

Le explicó que la pieza sobrante era la razón por la cual la base no encajaba como un puzle de ingeniería. Álvaro se acercó y tomó el tornillo, soltando una risa corta por el absurdo de haber perdido media hora intentando forzar la madera contra la fuerza bruta.

—He hecho unaada de manuales —admitió él mientras guardaba la pieza en el bolsillo de su pantalón.

Se quedaron mirando el mueble deforme, una estructura que ahora tenía una inclinación ligeramente cómica. Pau se dejó caer sobre el suelo de linóleo, tirando un catálogo de muebles por la ventana. El desastre de piezas sueltas los rodeaba como restos de una batalla perdida.

—Mañana lo montamos bien —sentenció Pau mientras se dejaba caer junto a él.

Álvaro le dio un empujón juguetón en el hombro, quedando ambos tumbados entre virutas de madera y herrajes oxidados.

Álvaro empujó la pieza con un golpe seco que hizo vibrar el suelo del piso en Lorville. La estructura se ladeó hacia la izquierda, desafiando las leyes de la física y el sentido común. Pau señaló con el dedo el tornillo sobrante, que rodaba por la alfarrabenta entre los restos de embalaje. El hombre le explicó que el manual estaba mal redactado o que la marca les había vendido un producto defectuoso. La ración de frustración acumulada explototó en una risa que hizo eco en las paredes estrechas.

El sordo estruendo de la madera golpeando el suelo terminó con el esfuerzo. Álvaro se dejó caer sobre el lomo, mientras Pau se sentó junto a él entre los restos de embalaje. El desastre de piezas sueltas rodeaba sus cuerpos como un campo de minas doméstico. Con una mano, Pau alcanzó una cerveza que descansaba sobre una caja de cartón medio deshecha. Bebió un trago largo y le comentó a Álvaro que el mueble tenía una personalidad propia y decidió ignorarlo.

Álvaro tomó la botella para beber también, con el pecho húmedo por el esfuerzo físico. El plan de pedir comida por una aplicación de reparto surgió como la única solución lógica para su hambre. Pau abrió el dispositivo táctil y buscó las ofertas de comida rápida en la zona industrial de Hurston. Mientras el dedo recorría la pantalla, Álvaro le decía que quería algo con mucha salsa y poca vergüenza. El hombre buscó en la redacción de las opciones de entrega mientras el otro le contaba que el lomo del mueble era más parecido a un pinoide.

Pau se acercó a su oído y le susurró que el desastre les daba un aire de diseño vanguardista. Sus manos se encontraron entre los tornillos y las piezas que aún no lograban encajar en ningún sitio. El hombre le mostró la lista de platos antes de que el pedido estuviera listo.

Un vehículo cruzando la superficie de la luna Daymar

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