// el blog del bar

¿Qué si nos vamos a la luna?

En medio de los fuegos artificiales sobre New Babbage, Rocío y Leire sellan su futuro juntas con una decisión que ilumina más que las luces de la ciudad.

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Rocío levanta su copa bajo el brillo tenue de los fuegos artificiales que estallan sobre New Babbage, en la cubierta de observación. La nieve cae suave sobre el borde del tejado, crujiente bajo el pie de quien cruza en silencio. El viento no mueve las cortinas, ni el fuego de la celebración se apaga por su paso. Leire respeta el ritmo, no respira con urgencia: deja que le llegue la luz, caliente como el whisky que canta en su copa.

—Sí. Y traemos la Vulture contigo, maldita sea.

La voz de Leire suena como un eco entre los ruidos del barrio a dos manzanas, donde la gente aplaude en el cielo de fiesta. La Vulture no es un juguete, una nave que se alza en el norte de Hurston. Es una maquina con alma, con nombre y con historias que no se olvidan en el silencio nocturno.

Un camarero pasa con un saco de churros, ya en el segundo piso. La madre de Leire asoma desde la ventana del quinto, con una manta tejida y un reloj que no marca el tiempo. El clima no se parece a nada de lo que vieron en la infancia. No es frío, ni calor: es el lujo de ser joven, en una ciudad que respira trampa y sueño.

La maquina no tiene ruedas, pero el destino sí. El fuego se cierra en un giro dorado. Las estrellas caen del cielo, pero Rocío no las busca. Ella quiere el horizonte, el vacío que siente entre los dedos. Y Leire lo acompaña con la misma calma.

—La Vulture, maldita sea —repite Leire, con un tono que no se desarma.

Se bebe el resto de la copa.

El aire cruje entre copas y risas, frío pero cargado de calor humano. Rocío sostiene el brillo del vidrio como si fuera un faro, y Leire lo deja resbalar por su muñeca mientras el viento seca la nieve que empieza a caer en hilos finos sobre el borde de la cubierta. Las llamas arden bajo los fuegos artificiales, pintando el cielo de rojo y cobrizo, reflejándose en los cristales del mirador. La ciudad abajo brilla con luces intermitentes, como un mapa de destellos.

—¿Qué si lo hacemos con el viejo planeta olvidado? —dice Rocío, ajustándose la chaqueta contra el viento—. El que los archivos de microTech dejaron sin nombre, pero con ocho lunas y un sistema atmosférico que apaña.

—¿Y por qué no el estadio flotante de Crusader? —responde Leire, girando la copa con el pulgar—. Más arquitectura de estaciones, más gente que nos mira pero no se atreve a hablar.

El ruido de las personas abajo mezcla con el estruendo del fuego, que estalla en círculos de luz y olores a sal y metal quemado. Rocío no levanta la vista, pero sus dedos aprietan el borde del vidrio como si tuviera que sostener algo más pesado que el viento.

—Porque en los archivos de microTech… —empieza Leire, dejando la copa sobre la barra—. el planeta olvidado está marcado con una nota: “solo para quienes no quieren quedarse aquí”.

—¿Y eso es lo que queremos? —pregunta Rocío, con la voz más baja—. ¿Repetir lo que ya pasó en otros planetas?

El aire helado golpea como un reloj que no para, y el cielo se estira con hilos de luz roja y azul, arriba del río que pasa bajo el puente viejo. Rocío apoya la cabeza en el hombro de Leire, y ella deja que su mano recorra el cuello desnudo, sin buscar calor, solo tacto. El sonido de los fuegos se mezcla con el zumbido del tráfico lejano, y alguien grita en otro extremo de la cubierta: «¡Vamos a ser las primeras!». No hay respuestas. Solo el eco de botellas, risas ahogadas y la marea que sube en las ventanas del bar. Rocío se queda quieta, con los ojos cerrados, como si el frío la hubiera calado hasta el hueso. Leire no se mueve, solo respira al ritmo del tiempo que las rodea. «No queremos un destino», dice Rocío, sin abrir los ojos, y Leire responde como si la voz se hubiera deslizado por su cuello: «Queremos estar juntas atravesando los destinos». No hay preguntas. Solo el peso del aire, la presencia del otro, y el ruido de los pasos que se alejan. El sol no sale. La ciudad no se acaba. Solo ellas, con los brazos entrelazados, y la promesa que no lleva fecha. El viento sigue corriendo entre ellas, como si siguiera una canción antigua que nadie más sabe. El ruido de la ciudad se apaga un poco, y el fuego sigue brillando en el cielo. El tiempo no se detiene. Solo está allí, y ellas están juntas.

El sol se desliza entre las nubes con el brillo de un faro apagado, y el aire ya no duele en las mejillas. Las luces de New Babbage se desvanecen como recuerdos, dejando solo el eco de pasos en la cubierta helada. Rocío ajusta las correas del chaleco, Leire revisa el panel de navegación con dedos que temblaban menos que el motor. Nadie habla, ni siquiera para pedir café. El silencio es el que acomoda la Vulture, ajustado como ropa nueva. Entre ellas, el peso de lo tomado no es un fardo ni una carga; es el hueco donde se mete el aliento sin pedir permiso. La ciudad ya no es telón de fondo, ni símbolo de fin; es el último rastro que quedó en la brisa. Se cierran las puertas con un golpe seco que no rompe el silencio, solo lo endurece. La nave comienza a vibrar como un corazón sin ritmo, pero con alma. No hay mapa en el tablero; solo una línea roja que rastrea lo contrario del progreso. La Vulture se alza sin pedir permiso, como si el cielo ya la esperara. El último estallido de fuegos artificiales se apaga en el horizonte, dejando solo una sombra que no es de humo ni de piedra. Es la suya, ahora. Solo ellas. La nave se aleja, sin rumbo, sin nombre, con el calor de lo que no se explica en la boca. El ruido del motor se mezcla con el viento que no tiene dueño. No miran atrás. Ni adelante. Solo hacia el vacío de sus manos, donde comienza lo que no tiene fecha.

La ciudad nevada de New Babbage, en microTech

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