Ozono quemado
Lume y Aitana intentan sobrevivir a una cita incómoda en ArcCorp mientras un camarero confundido complica la cuenta.
El olor a ozono quemado y a freíres penetraba las sábanas de lino que cubrían los asientos del bar, mezclándose con la humedad pegajosa que bajaba de las marquesinas de ArcCorp. El suelo de la taberna vibraba bajo los pies por el paso constante de clientes que buscaban refugio de la lluvia ácida sobre la ciudad alta. Lume apartaba un plato de aperitivos mientras Aitana intentaba acomodar su chaqueta sobre el respaldo de una silla que se tambaleaba cada vez que alguien golpeaba la mesa contigua. El camarero, un tipo con el uniforme mal puesto y una actitud de superioridad evidente, les dejó una jarra de cerveza antes de que hubieran terminado de pedir.
El hombre insistió en que el lugar era un refugio tranquilo y una cita sin presiones. Aquello resultó ser una mentira descarada, pues el bar era un hervidero de gente gritando pedidos y música que hacía retumbar las mesas.
—Nuestra amiga nos ha vendido la moto —dijo Aitana mientras apartaba un vaso que el camarero había dejado en el borde del plato.
Lume asintió mientras intentaba mantener la seriedad frente a una ración de patatas fritas que se le escapaban de las manos. El camarero volvió a acercarse, esta vez con una libreta en la mano y un gesto de suficiencia. Les explicó que el precio de las raciones extra sería una sorpresa en la cuenta final, algo que Aitana no parecía aprobar en absoluto.
Lume apartó la mirada de las luces de neón que tiñen el cristal del ventanal mientras un camarero con la camisa mal abotonada depositaba tres vasos de un licor oscuro y pegajoso sobre la mesa. El hombre, que parecía estar en una etapa avanzada de embriaguez por el ritmo nocturno de Area18, se recargó contra el respaldo de la silla con una confianza impropia del servicio. Aitana señaló el tercer vaso, indicando que no habían pedido esa bebida, pero el camarero ignoró la señal y comenzó a detallar con entusiasmo las especificaciones de potencia del motor de un Mole.
Lume sintió que el calor en sus mejillas aumentaba. Recordó la advertencia de su amigo sobre lo suave que era el ambiente en ArcCorp, pero esto superaba cualquier expectativa. El camarero ahora gesticulaba con una mano sucia, describiendo el par de torsión y la eficiencia del combustible como si estuviera dando una conferencia técnica en un hangar de ingeniería. Aitana intentó intervenir para pedir la cuenta, pero el hombre simplemente asentía con aire de autoridad.
—El motor es el alma de la nave, te lo digo yo —afirmó el camarero mientras anotaba algo inexistente en una servilleta.
Lume comprobó que el camarero seguía hablando sin pausa sobre las piezas de repuesto. El hombre parecía ignorar que el grupo en la mesa siguiente les estaba lanzando miradas de desconcierto. El camarero insistió en que uno de los motores del Mole tenía una curva de respuesta superior a la media, mientras Lume trataba de encontrar una forma de detener el monólogo sin parecer maleducada.
—Es un diseño impresionante, pero no tenemos espacio para ese motor en el garaje —dijo Lume, tratando de zafarse del tema.
El camarero pareció ofendido por la mención del espacio de almacenaje, sumiendo el aire en un drama que solo existía en su cabeza.
El bar de ArcCorp destilaba un ambiente denso, donde la lluvia ácida golpeaba los cristales exteriores mientras el neón azulado bañaba las mesas de los clientes. En la barra, un grupo de mineros de Lorville se repartía raciones de carne sintética con una ruda alegría, gesticulando con las manos sucias de grasa. Alrededor, la gente se amontonaba en taburetes altos, algunos revisando terminales de datos en sus muñecas mientras otros simplemente observaban el fondo de sus vasos con la mirada perdida en las luces de la ciudad.
El camarero, con el rostro ligeramente enrojecido por el alcohol, dejó una cuenta en la mesa de Lume y Aitana con un golpe seco. El hombre insistía en que el cargo correspondía a una ración de comida que aún sellaba su envoltorio, intacta sobre el plato. Lume intentó explicar que ese artículo era un extra no solicitado, mientras la mujer señalaba el ticket con insistencia. El camarero soltó un gruñido de fastidio y comenzó a anotar cifras en una terminal portátil, ignorando las protestas.
—Es un error, el plato ni siquiera ha sido abierto —afirmó Lume mientras el hombre volvía a escribir.
La chica le confirmó que la cuenta no coincidía con lo que habían pedido, pero el camarero ya se había dado la vuelta para atender a una malabarista de bar que lanzaba chispas en el centro del salón. El caos aumentó cuando el empleado empezó a gritar que la mesa debía liquidar la deuda antes de que le quitaran los cubiertos. Un hombre en la mesa vecina se puso de pie, protestando por el escándulo, y un par de clientes empezaron a grabar la escena con sus dispositivos personales.
Aitana agachó la cabeza mientras el camarero se acercaba de nuevo con aire autoritario. Lume tomó la factura y soltó una risa ahogada por el pánico de ver al camarero empezar a gesticular con una mano en la cintura.
La factura presentaba un total absurdo por una ración de patatas fritas que Lume ni siquiera probó. El camarero, con la mirada perdida entre los neones de ArcCorp y el rastro de alcohol en las venas, insistía en el cobro de suministros inexistentes. Tras un intercambio de palabras entre el hombre y Aitana sobre la falta de platos en la mesa, el camarero dio un salto hacia atrás y se marchó sin cobrar nada. Lume pagó la cuenta real para evitar problemas legales con la gerencia del local mientras el trabajador se hundía en una ración de cerveza en la barra contigua.
Aitana le explicó que el lío se debió a la falta de atención del servicio. Lume aceptó la propuesta de salir al exterior para buscar un rincón más tranquilo. Caminaron por el muelle, donde los muelles de carga crujían bajo la lluvia ácida. Las luces neón de las grúas reflejaban un brillo eléctrico sobre el asfalto mojado. El bullicio del puerto de ArcCorp reemplazó al caos del bar. Lume evitó los charcos mientras señalaba las naves de carga que aguardaban en la bahía. El aire gélido les pegaba en la cara con fuerza mientras cruzaban el callejón de las aduanas.
Un repartidor de paquetes lanzó un fajo de papeles hacia un contenedor cercano y soltó una palabrota por el retraso.