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Itziar pide más

En medio del caos de un club clandestino en Grim Hex, una apuesta por tazas de café se convierte en una setentena de tensión sexual y baile junto al Avenger Titan.

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Una copa de cristal se tambaleaba en el borde de una mesa de metal, apenas resistiendo la vibración del suelo. Las gotas de licor saltaban con cada golpe de los bajos, formando una corona plateada en el borde. El cristal chocó contra la madera con un tintineo agudo y se desparramó, derramando el líquido sobre su base.

Las luces estroboscópicas cortaban la penumbra del garito de Grim Hex en ráfagas blancas y violetas. El aire pesaba con el olor a sudor y al perfume barato que las luces hacían brillar en la atmósfera. La música golpeaba con una fuerza física, haciendo que el suelo del asteroide retumbara bajo las botas.

Silvia se movía con brusquedad, ignorando cómo la purpurina le pegaba a la ropa. El cuerpo de Itziar estaba pegado al suyo en el centro de la pista, una masa compacta entre la multitud que se agolpaba. Alrededor, gente gritaba por encima de los beats eléctricos, moviendo extremidades sin seguir ninguna dirección clara.

—¡Baila bien, que te he pagado la jarra! —gritó Itziar sobre el estruendo.

Silvia se soltó de un tirón y dio un giro, rozando el hombro de un tipo que pasaba con una jarra vacía.

—Lo que quieras, pero no me pidas más —replicó Silvia.

La mujer mayor tiró de su hombro, ganándole el pulso en una apuesta que ya no tenía nada que ver con la lógica. El ritmo subía de intensidad, volviéndose más denso y rápido.

El techo del garito retumbaba con cada golpe de los bajos, haciendo que el polvo y la purpurina en suspensión bailaran sobre las cabezas de la multitud. El olor a sudor, alcohol barato y ozono impregnaba el aire denso de Grim Hex. Silvia pegó la frente a la sien de Itziar mientras el ritmo las obligaba a moverse en círculos cerrados. Entre el pánico de luces estroboscópicas y los cuerpos sudorosos que chocaban en la pista, Silvia susurró una apuesta ridícula sobre quién resistiría más sin tocar el vaso de alcohol que descansaba en la barra cercana. El reto era una tontería, una excusa para seguir bailando como si el suelo fuera a abrirse bajo sus pies.

Sin embargo, la apuesta se desvaneció en cuanto Itziar le sostuvo la mirada. La pícara dejó de prestar atención al desafío grupal para fijarse solo en ella. El ambiente se volvió denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el sistema eléctrico del asteroide. El deseo en la mirada de Itziar se volvió pesado, una marea que ignoraba el alcohol y los retos absurdos.

Un camarero pasó rozando con una bandeja cargada, derramando unas gotas sobre el hombro de Silvia, pero ninguna se apartó. En ese instante, la apuesta por el trago pasó a segundo plano frente a la urgencia de las manos de Itziar presionando contra su cintura.

El bombo retumbaba contra las costillas, haciendo vibrar el suelo de metal del garito en Grim Hex. El aire pesaba por la humedad y el olor a alcohol barato que flotaba entre los cuerpos sudorosos de las mesas. Itziar pegó el torso al de Silvia, aprovechando el empujón de un grupo de borrachos que pasaron por el lado. La mano mayor se cerró sobre la nuca de la más joven, tirando con una fuerza que rompió la barrera del juego. La apuesta sobre las bebidas quedó en el olvido absoluto, sepultada por la urgencia del contacto.

En lo alto de una plataforma, un tipo de Lorville derramaba una cuberta de purpurina sobre la pista, creando una lluvia dorada que se pegaba a la piel. El espacio personal desapareció por completo mientras los cuerpos se enredaban bajo las luces estroboscópicas. Itziar apretó el agarre, acercando su rostro al cuello de Silvia hasta que las mejillas se rozaron. La demanda era clara, una exigencia física que no admitía réplicas ni pausas. Por encima de las cabezas, alguien gritó una orden de bebida que se perdió en el ruido. El roce de la ropa y el calor irradiado por las sábanas de los cuerpos cercanos intensificaron la situación. La música subió de tono, como si el sistema de sonido fuera a reventar en cualquier momento.

La música en el garito de Grim Hex golpeaba con una fuerza que hacía vibrar las paredes de metal del asteroide. Silvia se sentía asfixiada por el calor humano, un muro de cuerpos sudorosos que se mecían al ritmo del bajo. La apuesta sobre la resistencia al alcohol había quedado en el olvido, enterrada bajo una urgencia que le quemaba la piel. Miró a Itziar y vio esa chispa de desafío en sus ojos, una señal inequívoca de que la farsa de la noche había terminado.

La mujer mayor se acercó con una determinación que no admitía réplicas. El contacto físico era ahora un incendio compartido, cada roce de piel una apuesta ganada por el deseo. Silvia se preguntó cuánto tiempo más podrían fingir que solo eran dos clientes más entre la multitud de Lorville. El pánico por el escrutinio externo se mezcló con una necesidad voraz de ser reclamada. Alrededor, la gente gritaba sobre el bombo y lanzaba ráfagas de purpurina que pegaban a la ropa como restos de estrellas muertas.

En el rincón más oscuro del baile, lejos de las miradas de los demás, la fricción entre ellas se volvió el único centro de gravedad. Silvia sintió que las paredes del garito se cerraban, reduciendo el mundo a ese espacio de contacto febril. La música era un rugido presente, pero el solo latido de la urgencia por Itziar anulaba cualquier otra sensación. Se rindieron al pulso eléctrico de la fiesta, buscando un alivio que solo el roce constante podía otorgar.

—No te vas a arrepentir de esto —dijo Itziar.

Primer plano de la luna Yela

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