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¿O nos lo repartimos?

Dos hombres maduros regatean juntos contra un vendedor tramposo en New Babbage.

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El olor a aceite quemado se pegaba a las fosas nasales entre el bullicio del mercado nevado de New Babbage. Álex y Hugo avanzaban entre los puestos abarrotados, bufandas anudadas hasta las narices para filtrar el frío cortante que colaba por los huecos del traje térmico. Los altavoces de un vendedor cercano distorsionaban la oferta de repuestos "originales" mientras el viento silbaba entre los cables aéreos que conectaban las torres de microTech.

El puesto de las piezas era un caos de tubos oxidadas y paneles desconchados, con un letrero parpadeante que anunciaba "DESCUENTOS ESPECIALES". Hugo se detuvo al ver el módulo de refrigeración expuesto. Álex lo alcanzó, los ojos brillando de complicidad al notar el mismo interés en su rostro. El vendedor, un tipo alto con abrigo raído, les sonrió con dientes amarillos y empezó a recitar las supuestas virtudes del componente. Ambos sabían que la pieza estaba dañada: el olor a plástico fundido era inconfundible.

El vendedor intentó cerrar el trato rápido, bajando el precio mientras señalaba la etiqueta desvaída. Álex y Hugo intercambiaron una mirada, calculando las opciones. El mercado seguía su ritmo frenético alrededor: compradores regateaban, voces se mezclaban con el rugido de los motores lejanos.

—Eso es un asco —dijo el vendedor—. ¿O nos lo repartimos?

Hugo sintió un escalofrío que no era por el frío de New Babbage. El vendedor, un tipo con cara de haber perdido más batallas que ganado, repetía la misma historia a Álex: "Último ejemplar, pieza única en Stanton". Hugo recordó cuando su abuelo le enseñó a negociar en los mercados callejeros de Toledo. "Nunca confíes en quien no mira a los ojos", susurró entre dientes. El vendedor evitaba cruzar la mirada con ambos.

El mercado seguía bullendo alrededor: gritos de otros vendedores, pasos apresurados sobre la nieve compactada, el viento silbando entre los puestos metálicos. Álex, con una ceja alzada y los brazos cruzados, mantuvo la compostura mientras Hugo se acercaba disimuladamente a su lado.

—Mira —le dijo Álex en voz baja—, tiene tres de estas piezas en el inventario oculto. Hugo asintió con un gesto casi imperceptible. El viento arreció, trayendo consigo el sonido de una máquina que se encendía a lo lejos. El vendedor, al notar la complicidad entre ambos, perdió parte de su falsa seguridad.

Hugo miró a Álex y vio reflejada en sus ojos la misma idea: darle una lección al timador.

La plaza nevada bullía bajo las luces frías de New Babbage. Los puestos abarrotados crujían bajo el peso de mercancías variopintas: desde componentes electrónicos hasta piezas de naves desgastadas por el tiempo. Un grupo de técnicos discutía acaloradamente cerca del puesto vecino, mientras una madre arrastraba a su hijo pequeño, que señalaba con entusiasmo hacia unos juguetes holográficos. El viento helado silbaba entre los pasillos estrechos, agitando los carteles descoloridos y haciendo temblar las estructuras metálicas.

Álex y Hugo se acercaron al vendedor con paso firme. —Mire, señor —dijo Álex, señalando la pieza—, esto no es lo que busca un piloto serio. Hugo asintió con complicidad. —Sí, mejor nos da algo útil para nuestras naves, ¿no cree?

El vendedor, confundido por su estrategia, comenzó a tartamudear. —Bueno, quizá tenga otra cosa... El truco estaba hecho: entre risas y comentarios picaros, lograron que el vendedor les entregara la pieza auténtica a un precio ridículo.

Mientras se alejaban con su botín, Álex miró a Hugo y sonrió. —¿O nos lo repartimos?

El aire gélido de New Babbage mordisqueaba las mejillas mientras Álex y Hugo se alejaban del puesto, el eco de sus risas mezclándose con el bullicio del mercado. Los puestos, atestados de compradores, vibraban con el trasiego constante.

—Podríamos montar un negocio juntos —dijo Hugo, ajustándose la bufanda—. Reparaciones express en Area18. Cobraríamos el doble.

Álex se rió, el vapor escapando de su boca al hablar. —O mejor aún, cazar timadores como ése. Nos forramos sin mover un dedo.

El viento arreció, agitando los toldos de los puestos cercanos. Una mujer con abrigo largo pasó junto a ellos, mirándolos con curiosidad antes de desaparecer entre la muchedumbre.

—Imagino al tipo ahora mismo —dijo Hugo—, contando monedas y preguntándose dónde se le ha ido el dinero.

Álex asintió, las luces neón de los letreros parpadeando sobre sus cabezas. El olor a café caliente flotaba en el aire, proveniente de un puesto próximo.

—Oye, ¿tienes prisa? —preguntó Álex—. Hay una cafetería ahí detrás con mesas libres. Podemos repasar el plan.

Hugo miró hacia donde señalaba Álex, la puerta de la cafetería abriéndose y cerrándose con cada cliente que entraba o salía. El sonido de tazas chocando llenaba el local, cálido y acogedor en contraste con el frío exterior. —Venga —dijo Hugo—, invito yo. Después de todo, esto ha sido trabajo en equipo.

Se encaminaron hacia la cafetería, las risas resonando entre los puestos del mercado nevado. La puerta se abrió ante ellos, dejando entrar un remolino de aire helado antes de cerrarse de nuevo con un suave chasquido. Dentro, el calor envolvía como una manta.

La ciudad nevada de New Babbage, en microTech

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