// el blog del bar

Nubes

Candela intenta declarar sus sentimientos por Alba mientras el caos turístico en Orison amenaza con arruinar su momento privado.

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El camarero dejó dos copas de cristal sobre la mesa con un golpe seco, casi arrojándolas.

—Cuidado, que están frías —balbuceó el hombre mientras se alejaba hacia otra mesa llena de turistas.

Candela sostuvo su vaso con fuerza, sintiendo el frío del cristal contra las yemas de los dedos. Abajo, las calles de Orison bullían con el movimiento de la gente y el brillo de las nubes que rodeaban la ciudad de Crusader. El sol golpeaba la terraza, haciendo que el horizonte pareciera fundirse con los edificios de arquitectura vanguardista.

—Es el sitio más caro que hemos pisado —dijo Alba, acercándose a la barandilla.

Candela se puso en pie y dio un paso al frente. El aroma de la piel de Alba, una mezcla de perfume sutil y el calor del día, la envolvió por completo. En un impulso, Candela le tomó las manos y buscó sus labios con una urgencia que quemaba. El beso no fue tímido; fue un reclamo posesivo donde las lenguas se rascaban con hambre y cada rincón de la boca de Alba parecía pedir más. Moveron sus cuerpos hasta que las caderas se presionaron firmemente, fundiéndose en un roce eléctrico que hizo que el mundo alrededor desapareciera.

El megáfono de la plaza empezó a retumbar con un anuncio publicitario sobre el nuevo rascacielos.

—¡El horizonte es suyo! —gritó la voz metálica, haciendo que los vasos de las mesas cercanas vibraran.

Candela se separó apenas un centímetro, con la respiración agitada contra la mejilla de Alba.

—Tenemos que irnos antes de que nos sigan gritando anuncios —susurró con una sonrisa de lado.

—No te vas a ir por un megáfono —respondió Alba, sujetando su mano con fuerza.

Candela dio un sorbo largo a su copa, sintiendo el quemazón del alcohol en la garganta. El bullicio de los turistas en la terraza de Orison era ensordecedor, pero por un instante, el paso de un dron de limpieza frente a la barandilla aisló el mundo.

—Oye, Alba —dijo Candela, buscando las palabras entre la espuma de la bebida—. No quiero que esto se quede solo en planes de fin de semana.

Alba dio un sorbo a su vaso, dejando una gota en el labio superior. El aire de la ciudad de las nubes soplaba con fuerza, agitando las telas de los puestos cercanos.

—¿A qué quieres ir entonces? —preguntó la mayor, con la palma de la mano sobre la mesa.

—A algo que me quite el sueño cada vez que te veo —soltó Candela de golpe. Se puso en pie y dio un paso hacia el borde, rozando la barandilla de cristal—. Quiero salir contigo. En serio. De esas citas donde no hayamos hablando solo de naves o de trabajo.

Un estruendo seco sacudió el suelo. El megáfono de la plaza vecina soltó un pitido estridente antes de que una voz metálica anunciara una granada de fuego en el sector comercial. El estruendo hizo que un grupo de turistas saltara del susto, derramando una bandeja de tapas sobre la mesa.

—¡Vaya espectáculo! —exclamó Alba, señalando el caos de gente corriendo hacia la calle principal.

Candela ignoró el desorden y se acercó a ella, acortando la distancia hasta que sus frentes casi se tocaron. Tomó la mano de Alba y deslizó el pulgar por sus nudillos.

—No es una broma por el ruido —insistió, con la voz más ronca.

Alba apartó un mechón de pelo que le caía sobre la cara a Candela y entrelazó sus dedos con los de ella.

Candela apretó el tallo de cristal hasta que sus nudillos blanquearon. El horizonte de Orison se dividía en franjas de gris y blanco, pero ella solo podía ver el perfil de Alba.

—Quiero que salgamos. No como colegas, ni como amigas compartiendo una copa en el borde del abismo. Quiero ir a cenar contigo, de verdad.

Los dedos de Alba buscaron los de Candela sobre la mesa de metal. Por un segundo, el mundo pareció detenerse en esa pequeña superficie fría.

—¿En serio lo dices? —preguntó Alba, acercándose hasta que sus frentes casi se rozaron.

—Lo digo porque me quemas la cabeza por las noches.

Justo en el pico de la confesión, un estruendo eléctrico brotó de los altavoces de la terraza.

—¡ATENCIÓN TURISTAS! ¡CRUSADER PRESENTA EL NUEVO PLAN DE DESCUENTOS EN TRANSPORTE INTERESTELAR! ¡LLEVA TU CRÉDITO A...—

El grito del megáfono retumbó en las paredes de cristal, atrayendo a tres grupos de turistas que se agolparon justo detrás de ellas. Un hombre con una cámara profesional empezó a dar vueltas sobre su eje, captando la escena de cerca.

—¡Dije que sí! —gritó Candela sobre el ruido estruendoso, acercándose al oído de Alba hasta que sus narices se rozaron.

Alba soltó una carcajada que hizo vibrar el vaso de bebida. Derribó la silla para quedar más cerca, ignorando al hombre con la cámara que ahora intentaba enfocar el plato de comida.

—¡Pues quítate ese estorbo y llévame a cenar! —exclamó Alba, pegándose al pecho de Candela.

Una mujer en una chaqueta brillante les dio un empujón por la espalda, haciendo que el vaso de Candela se tambaleara peligrosamente. El camarero apareció con una bandeja, esquivando a la multitud que se amontonaba para ver el horizonte.

El estruendo del megáfono se apagotó, dejando un zumbido residual en el aire denso de Orison. El turista que había quedado atónito tras el anuncio se alejó, dando cabezazos contra la barandilla de cristal. Candela apretó el vaso con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon contra el cristal.

—Es por favor, Alba. El sistema de sonido de Crusader es una auténtica mierda —dijo ella, apartando un mechón de pelo que el viento le había enredado en la nuca.

Alba se acercó a un centímetro, obligando a Candela a sentir el calor de su piel. El bullicio de la terraza seguía ahí, un mar de gente moviendo sábanas y ruidos de platos, pero en ese pequeño hueco entre ellas, el mundo se redujo.

—¿Me vas a pedir que me vaya contigo o tengo que esperar a que vuelvan a anunciar las ofertas de transporte? —preguntó Alba.

—Me voy contigo. Ahora mismo. Pero quiero que sea solo tú y yo, sin turistas de Lorville gritando en el oído.

Alba soltó una carcajada corta y le dio un empujón en el hombro.

—Venga ya, pues quiero que sea solo tú y yo —afirmó Candela, con la voz un poco más ronca—. Quiero que me beses como si no hubiera mañana.

Bajo la mesa, Alba buscó la mano de Candela y entrelazó sus dedos con fuerza. Se acercó más, pegando su cuerpo al de la otra chica hasta que el pecho de Candela rozó el hombro de Alba. El beso fue torpe, cargado de un hambre que las había mantenido en vilo durante meses. La lengua de Alba exploró el labio inferior de Candela, tildándola de un sabor dulce y afrutado. Fue un roce húmedo, profundo, que hizo que el cuerpo de Candela se arqueara hacia adelante.

—Vámonos —susurró Alba contra su piel, mientras sus dedos rozaban la sienes de Candela.

Una antena de comunicaciones con la luna Cellin al fondo

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