// el blog del bar

No te me quedes ahí parado

Dos hombres desconocidos comparten un cuenco de ramen y refugio bajo el techo de un puesto de comida mientras la lluvia azota las calles de ArcCorp.

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Álvaro hundió los palillos en el cuenco de lioz, revolviendo las hebras de fideos hasta que el caldo salpicó una gota sobre el dorso de su mano. El vapor del ramen subía en espirales, chocando contra el cráneo con la fuerza de un muro invisible. El chaparrón sobre Area18 no daba tregua, descargando una cortina de agua que golpeaba el toldo del puesto de Big Benny's con un ritmo sordo y constante.

—Pásame eso, que si no me lo como yo, se va a quedar frío —dijo Roque, estirando el brazo para arrebatar el cuenco de fideos.

El hombre lo jaló hacia sí con una fuerza que hizo que el hombro de Álvaro rozara su pecho. El calor del plato se transmitió por la porcelana, pero el contacto directo con las manos de Roque quemaba más. El camarero soltó una carcajada mientras servía una ración extra de proteína sintética en la barra de metal.

—Si quieres el menú completo, tienes que pagar por el doble de carne —soltó el hombre detrás del mostrador.

—Me lo como todo, no te preocupes —replicó Roque, dándole un mordisco sonoro a un trozo de proteína.

—Es lo que hay que hacer cuando el cielo se cae encima —añadió Álvaro, con la voz rasposa por la humedad.

El hombre que estaba junto a ellos apartó un plato de restos, dejando un espacio libre sobre la superficie húmeda. El chaparrón seguía arreciando, convirtiendo las calles de ArcCorp en un lodazal gris.

El vapor del fideo caliente subía en espirales, empañando el aire bajo el toldo de Big Benny's. El vendedor soltó una ración de sopa caliente en cada cuenco de plástico y le dio un golpe seco al borde del bol de Álvaro.

—Aquí tienes, una ración completa para que no te quedes con hambre en este temporal —dijo el hombre, entregándoles las palas de madera.

Roque hundió la cara en el caldo mientras las gotas de lluvia golpeaban con fuerza sobre el techo de lona.

—Es el mejor sitio de ArcCorp para refugiarse, lo admito —comentó Roque entre sorbo y sorbo—. Los puestos de comida rápida tienen las mejores coordenadas de escape.

—Y el mejor caldo para curar la resaca de un salto largo en el sistema —respondió Álvaro, señalando con la palilla un trozo de carne que flotaba en el caldo.

—Si quieres hablar de viajes, hay rutas por Lorville que te dejan la cabeza como un desorden de cables —añadió el camarero mientras limpiaba la barra con un trapo húmedo.

—Ese es mi problema, siempre termino en Lorville buscando problemas —soltó Roque—. Me gusta la adrenalina de las rutas comerciales, pero me cansa el tráfico pesado cerca de los muelles.

Álvaro se acercó un poco más a la ración del otro, compartiendo el espacio reducido bajo el toldo.

—Lo que hay que tener es técnica para no acabar con la nave en un desguace. Es cuestión de saber maniobrar cuando las cosas se ponen feas.

Roque se acercó a él, apoyando el codo sobre la mesa de metal.

—Eso es algo que te dan en las academias, o se aprende a base de quemarse las manos con el motor. Tú pareces tener esa chispa en los dedos, ¿qué es lo que buscas por estas calles?

—Solo un sitio donde el ramen no sea tan caro como la gasolina en New Babbage.

El vapor del fideo caliente golpeó las mejillas de Álvaro mientras el vendedor vertía la salsa sobre el cuenco. El chaparrón sobre el neón de Big Benny's convertía la calle de Area18 en un río de agua sucia, pero el aroma a especias aislaba el caos.

—Es la mejor ración de nitrógeno que he probado en este sector —dijo Álvaro, hundiendo los palillos en el caldo.

Roque dio una cucharada larga, dejando que el líquido quemara sus labios antes de tragar.

—Es un alivio. Mi trabajo en la terminal de carga es una tortura mecánica. Paso doce horas moviendo cajas y el único contacto humano que tengo son las alarmas de proximidad.

—Al menos esas no te piden informes detallados sobre el estado del combustible —replicó Álvaro, señalando un bache en la calle.

El vendedor soltó una carcajada seca y dejó dos servilletas de papel sobre la barra de metal.

—En esta ciudad, si no te quejas del precio del combustible o del clima, es que ya has perdido la voluntad de vivir.

Roque se acercó un poco más a Álvaro, compartiendo el espacio reducido bajo el toldo. El papel de la servilleta crujió entre sus dedos mientras sostenía el cuenco con una sola mano.

—A veces prefiero que me caiga un rayo antes que volver a ver esa terminal.

—Pues con el clima que está haciendo hoy, las probabilidades están a tu favor —soltó Álvaro.

El hombre de la ración le dio un golpe amistoso en el hombro con el codo.

—Ese es el espíritu. Por eso el ramen sabe mejor cuando hay una tormenta que te obliga a quedarte con un extraño.

Roque levantó su vaso vacío, chocándolo contra el de Álvaro en un brindis silencioso. El líquido caliente manchó sus dedos, pero ninguno se apartó.

El chaparrón perdió fuerza, convirtiéndose en un rastro de agua fina que golpeaba el suelo de ArcCorp con un rimo constante. El vapor del ramen todavía subía entre los dos hombres, mezclándose con el olor a especias y asfalto mojado.

—Si sigues metiendo fideos en la boca así de rápido, te vas a atragantar antes de que el camarero traiga la cuenta —soltó Roque, señalando con un palillo el plato vacío.

Álvaro apartó la mano y dejó el cuenco en el borde de plástico. El hombre del puesto lanzó una ración más de fideos extra, sin cobrar nada por el gesto.

—Es el mejor combustible de este sector. Si te quedas sin fuerzas, no hay rampa de aterrizaje que aguante tu nave —replicó el vendedor.

Roque se puso en pie y sacudió las gotas de agua de su chaqueta. El tejido crujió con el movimiento.

—Pues me voy a tener que esforzar en pilotar, porque este plato ha sido un pecado de gloria.

Álvaro alcanzó a ver cómo el hombre se ajustaba la mochila. El ambiente entre los dos se volvió denso por un instante, una chispa de algo que no tenía nombre en el aire húmedo.

—La próxima vez me tienes que contar cómo termina esa historia de la mina en Lorville —dijo Álvaro, levantándose también.

Roque dio un paso hacia atrás y le dedicó una mirada fija antes de girarse hacia la calle principal.

—Vete a casa, que te va a dar un resfriado.

Interior de la ciudad de Lorville

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