Neón Confuso
Dos mujeres intentan tener una cita a ciegas mientras un camarero entrometido complica todo.
—Mola el sitio —dijo Bea, mirando alrededor mientras deslizaba los dedos por el borde del vaso. Marta observó el movimiento de su mano, los nudillos marcados bajo la piel fina.
El bar bullía con el zumbido de conversaciones y el repiqueteo de la lluvia en el exterior, las luces de neón reflejándose en los charcos del suelo de Area18. Bea jugueteaba con un anillo en su dedo pulgar, girándolo sin parar, mientras Marta lo miraba fijamente, imaginando el tacto del metal liso bajo sus propios dedos.
El camarero se acercó, interrumpiendo el momento. —¿Listas para pedir? —preguntó, con una sonrisa demasiado amplia.
Bea y Marta intercambiaron una mirada de complicidad al pedir la misma bebida sin necesidad de palabras. El camarero asintió con un gesto exagerado y se alejó, dejando atrás un silencio incómodo que rápidamente llenaron con conversaciones triviales sobre el bar y sus experiencias en ArcCorp.
Mientras charlaban, Bea deslizó suavemente su pie hacia el de Marta bajo la mesa. La presión cálida del contacto las hizo sonreír, una conexión íntima en medio del bullicio. Marta se ruborizó, pero no apartó el pie.
La comanda equivocada llegó con una bandeja de tragos azules luminiscentes. Bea cogió el vaso, dudando al notar que Marta no tenía el suyo. El camarero, entrometido como siempre, se inclinó para explicar algo sobre la cocina atascada y los pedidos cruzados. Bea lo miró fijo, luego deslizó su bebida hacia Marta, quien sonrió al tomar el recipiente frío entre sus manos.
El lugar bullía de gente, risas flotaban como burbujas entre el vapor de las máquinas expendedoras. Marta jugueteó con la pajilla, revolviendo el líquido sin prisa. Bea observó sus dedos, delgados y rápidos, imaginando cómo se sentirían al rozar su piel.
Más tarde, bajo los neones parpadeantes, Bea condujo a Marta entre las sombras de Area18, donde la lluvia amortiguaba el ruido de la ciudad. Un ascensor las llevó hasta un apartamento pequeño pero acogedor, iluminado por la luz tenue de una pantalla holográfica. Bea se acercó, desabotonando su chaqueta mientras Marta observaba con curiosidad.
El beso fue lento, exploratorio. Bea deslizó sus manos bajo la blusa de Marta, sintiendo el calor suave de su piel, el latido acelerado bajo sus palmas. Marta respondió con un suspiro, dejándose caer sobre la cama cercana. Bea se deshizo del resto de su ropa, disfrutando cada instante, cada contacto, mientras sus cuerpos encajaban como piezas destinadas a encontrarse.
La noche avanzó entre susurros y caricias, el mundo exterior olvidado bajo la calidez compartida. Marta acarició el pelo de Bea, enredando los dedos en los mechones castaños. Bea respondía con besos suaves en su cuello, trazando un camino de placer que las llevó más allá del neón confuso y la lluvia, hasta un lugar donde solo ellas existían.
Al amanecer, exhaustas pero satisfechas, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas.
Bea empujó el menú hacia Marta con un dedo manchado de tinta verde fluorescente, recuerdo del último trabajo en mantenimiento. El camarero, un tipo alto y flaco que se movía entre las mesas como un insecto mecánico, dejó dos bebidas frente a elles. Marta alargó la mano para tomar el suyo, pero Bea fue más veloz.
—Deja ver —dijo Marta, rozando los nudillos de Bea con los suyos—. ¿Qué has pedido?
Bea sonrió, observando cómo las burbujas subían en el vaso translúcido. Marta seguía la trayectoria de sus ojos, confundida. El camarero, que no perdía detalle desde la barra, hizo un gesto ambiguo con el ceño. Bea recordó entonces la broma del amigo común: "Pedid lo mismo y veréis quién sabe más de vosotras". Era un juego estúpido, pero allí estaban.
—Un Red Moon —anunció Marta, triunfal—. Como cuando éramos adolescentes y colábamos licor en los refrescos.
Bea dio un trago largo. El sabor le resultaba extraño, como a metal oxidado. Marta esperó su reacción con una ceja arqueada. El camarero carraspeó detrás de la barra. Bea se encogió de hombros, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Igual que antes —mintió—. Solo que ahora pagamos por esto.
Marta rió, un sonido claro que cortó el murmullo del bar. El camarero relajó los hombros y se alejó hacia otra mesa. Bea observó cómo Marta jugueteaba con el borde de su vaso, siguiendo con los ojos la línea curva del cristal. Sus pensamientos saltaban entre la tinta en sus dedos, el sabor amargo de la bebida y las ganas repentinas de tocar esa piel suave que tanto contraste hacía con la mugre industrial de Area18.
Cuando Marta alzó la vista, Bea sostuvo su mirada sin pestañear. El neón del bar se reflejaba en sus pupilas, convertidas en dos puntos luminosos bajo el pelo revuelto por la lluvia reciente.
El bar bullía con ejecutivos de ArcCorp compartiendo tragos con obreras de los astilleros, sus risas ahogadas por el zumbido del neón y la lluvia golpeando el ventanal. Marta se ajustó las gafas al ver a Bea entrar, empapada hasta los codos.
Bea le tendió un paquete envuelto en papel plateado, manchado de humedad. Lo depositó sobre la mesa con cuidado exagerado, como si llevara dinamita. Marta lo abrió y encontró una figurilla de porcelana, un unicornio desvencijado con el cuerno torcido.
—Mi abuela era coleccionista —explicó Bea, evitando mirarla—. Lo encontré en un puesto de segunda mano. Pensé que te gustaría.
Marta rozó el cuerno roto del unicornio mientras Bea se inclinaba para secarse las botas con una toalla prestada por la camarera, sus manos temblorosas. La figurilla pasó a los dedos de ella, luego a los de Bea otra vez. El camarero les sirvió dos copas sin preguntar.
Marta dejó el unicornio sobre la mesa y se inclinó para besar a Bea, suave pero firme, sus labios fríos de lluvia. Bea respondió, abandonando la figurilla en el borde de la mesa donde vibraba con los golpes rítmicos del bar. Marta deslizó una mano bajo el jersey de Bea, sintiendo su piel caliente y suave.
Bea le desabrochó el primer botón de la camisa a ella, sus dedos torpes pero decididos. El unicornio rodó hasta el borde, detuvo su caída en el último segundo cuando Marta lo empujó con el pulgar sin apartar los ojos del pelo mojado de Bea pegado a la frente.
La figurilla quedó entre ellas, testigo mudo, mientras Bea tiraba del jersey de ella hacia arriba y sus bocas se separaban solo el tiempo suficiente para que el tejido pasara entre ambas.