Latido Y Piel
Irene y Silvia navegan la tensión eléctrica de una apuesta de copas en un club clandestino tras el brillo de solo quererse sin límites.
El camarero aparta una bandeja con jarras de cerveza barata, esquivando el brazo de un cliente que se tambalea sobre las mesas de metal. El líquido salpica la superficie pulida de la barra, pero el hombre no se detiene. El bombo retumba en las paredes del garito de Grim HEX, haciendo que el suelo vibre bajo las botas. La música es un muro sordo de graves que ensfce el aire cargado de humo y olor a sudor.
Irene aprieta los dedos contra la cintura de Silvia mientras el cuerpo de la otra mujer se mueve al ritmo frenético del bajo. Los destellos neón de color violeta y naranja bañan la piel de Irene, dejando rastro de purpurina en sus hombros. La multitud se agolpa alrededor, chocando hombreras y empujando hacia el centro de la pista.
—Apuesta por el que aguante más una ronda aquí —dice Silvia, acercándose al oído de Irene. Su voz apenas se oye sobre el estruendo electrónico.
Irene le devuelve la mirada mientras su mano desliza hacia abajo, por el costado de la cintura de la mayor. La piel de Silvia está caliente bajo el roce constante de los dedos. El roce sube por el torso, una caricia lenta que ignora la gente bailando a pocos centímetros.
—Sabes que vas a ganar, Silvia —responde Irene, acercando sus labios al cuello de la otra mujer.
Irene aprieta el agarre, atrayéndola hacia un rincón más oscuro entre las columnas de metal. Una mujer en traje de baño brillante les golpea el hombro por accidente, pero ninguna se aparta. El deseo sube como la temperatura en la pista de baile.
La música en el garito de Grim HEX golpea el pecho con tanta fuerza que las luces de neón pulverizan la purpurina que flota en el aire. Silvia aprieta los dedos contra la cintura de Irene, tirando de ella hacia un rincón oscuro donde el olor a alcohol y sudor es más denso. El bajo retumba en las paredes de metal, haciendo vibrar el suelo bajo sus botas.
—Te voy a dejar sin aliento antes de que el sol salga en Yela —susurra Silvia contra su oreja, con la voz pastosa por el alcohol.
Silvia desliza una mano hacia la nuca de Irene, enredando los dedos en su pelo mientras se acerca más. El calor que emana el cuerpo de la mujer mayor es un incendio en medio del caos sonoro. Alrededor, otros clientes bailan con movimientos erráticos, pero para ellas el resto del asteroide ha desaparecido.
Irene se inclina hacia atrás, dejando que el pecho roce la piel de Silvia mientras sus manos aprietan los hombros de la más madura. Una chica en la barra levanta un vaso, dando un golpe seco contra el cristal para pedir otra ronda.
—Solo si puedes aguantar el ritmo sin pedir clemencia —responde Irene, alzando la barbilla.
Silvia muerde el lóbulo de su oreja con suavidad antes de deslizar las manos por la espalda de Irene, bajando hacia sus caderas con una determinación que deja claro que la apuesta ya ha perdido su inocencia.
El bombo de Grim HEX golpea contra las costillas, haciendo que la purpurina en el hombro de Irene se desplace con cada sacudida. Silvia le aprieta la cintura, tirando de ella hacia el centro de una masa de cuerpos sudorosos que se agitan bajo las luces estroboscópicas. El aire está cargado de olor a alcohol barato y perfume dulce, una mezcla asfixiante que solo se corta con el roce de la piel.
—Te vas a arrepentir cuando no puedas ni mantenerte en pie —dice Silvia sobre el ruido ensordecedor.
Irene apoya la frente contra el pecho de la mujer mayor, sintiendo el latido acelerado bajo la tela húmeda.
—Pues que sea una derrota elegante, como siempre.
Alrededor, un grupo de tipos con tatuajes neón grita una copla de rumba espacial mientras alguien derrama un vaso de bebida sobre el suelo pegajoso. Un camarero con la cara roja como un tomate esquiva a una mujer que baila con movimientos erráticos, golpeando su bandeja contra la barra de metal. La música sube de tono, una frecuencia tan alta que hace vibrar los dientes. Irene desliza las manos por la espalda de Silvia, recorriendo la curva de su columna. El espacio entre sus cuerpos se desvanece, quedando solo el calor de la piel y el pulso que late con una intensidad que ignora la apuesta. El resto del asteroide deja de existir; solo queda este rincón oscuro y el roce eléctrico del deseo.
La sorda bocanada del bajo en el garito de Grim HEX hace vibrar las paredes de metal. Silvia agarra a Irene por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo con una fuerza que anula cualquier distancia. La purpurina brilla sobre la piel de sus hombros, pegándose como escarcha coreográfica.
—Apuesto a que te quedas sin aire antes de que el sol salga sobre Yela —dice Silvia al oído, con la voz ronca por el alcohol y la proximidad.
Irene le devuelve el tirón, sus dedos enredándose en el cabello de la mayor. El aire está cargado de olor a sudor y alcohol barato, pero solo el calor que emana del cuerpo de Silvia importa. La apuesta ya no tiene importancia; la urgencia es un fuego que sube por las venas.
—Pues prepárate para ser la que pague la cuenta completa, porque no voy a parar —responde Irene.
Se separan un instante para buscar aire, pero la multitud las golpea como una ola de cuerpos. Las manos recorren hombros y cinturas en un baile frenético. Irene jala a Silvia hacia la salida, buscando la rampa que da al exterior del asteroide. Necesitan el Prospector. El aire gélido de afuera golpea sus rostros, pero el fuego interno sigue ardiendo.
—Fuera de aquí —gruñe Irene mientras suben las escaleras de metal hacia el muelle.
Las botas golpean el suelo mientras se dirigen a la nave, buscando un rincón donde los gritos de la fiesta solo sean reemplazados por el zumbido de los motores.
—¡Oigan, si beben una más, les cobro el doble por el transporte! —grita el camarero desde la barra.