Fricción
Dos pilotos rivales en la regata de Wala pasan del sabotaje táctico a una tensión eléctrica que solo el silencio tras la meta sabe romper.
El camarero derramó una jarra de hidromiel sobre el asiento de un cliente en las gradas superiores. El líquido se filtró por la lona, manchando el suelo de metal mientras el hombre gritaba por un pañuelo. El murmullo de la multitud en Wala subió de tono cuando el comentarista anunció el inicio de la carrera.
Aitz apretó los dedos contra el mando de su 300i, sintiendo la vibración del motor en los huesos. A su lado, Mireia zigzagueaba con una maniobra agresiva que rozó la proa de su nave.
—Eres un desastre al volante, Mireia —soltó Aitz por el canal de radio privado.
—Es tu falta de técnica lo que te frena —replicó Mireia, ajustando el acelerador.
Aitz esquivó una densa nube de gas en el sector de ArcCorp, sintiendo la inercia tirar de la cabina hacia la izquierda. Recordó el olor a ozono y aceite en el hangar de MicroTech, antes de que Mireia le ganara por apenas un segundo en la práctica.
—Mira mis marcas, si es que puedes verlas tras ese humo —insistió ella.
—Concéntrate en no chocar con un pilar, que es tu único talento.
Aitz giró el timón con brusquedad, obligando a la nave de Mireia a retroceder. El motor rugió, proyectando un soplido de calor contra la cubierta del asiento.
El rugido de los motores en el sector de Wala Hacía vibrar el chasis del 300i. Mireia tiró de la palanca lateralmente, acercando su nave hasta que el ala rozó el fuselaje de Aitz. El contacto metáico provocó una chispa eléctrica que iluminó el panel de instrumentos.
—Eres un auténtico lisiado por ir así, Mireia —gritó Aitz por el canal abierto.
La mano de Aitz apretó la palanca con tal fuerza que sus nudillos quedaron blancos. El motor respondió soltando una llamarada de propelgasores que sacudió la cabina. Aitz encajó el timón, obligando a la nave a girar con una violencia que hizo crujir las escotillas.
—Si tienes miedo, quítate de la pista —replicó Mireia mientras bordeaba el ala con una maniobra suicida.
Aitz soltó un gruñido y accionó los propulsores de emergencia. La nave dio un salto lateral, perdiendo tracción por un segundo antes de recuperar la trayectoria. En las gradas, el público gritaba mientras los comentaristas describían la maniobra imposible de Mireia.
Aitz recordó aquel viejo motor de combustión que su padre le había enseñado a reparar en el hangar. Aquel objeto, ahora oxidado en un rincón de la nave nodriza, era el único motivo por el que todavía seguía en estas carreras.
—¡Te voy a dejar sin combustible en la meta! —lanzó Aitz, pegando el casco contra el mando central.
La nave de Mireia se deslizó junto a la suya, casi rozando los motores traseros. La presión en el pecho de Aitz era una descarga eléctrica pura.
—¡Sigue soñando, novato! —gritó Mireia.
Aitz giró el mando con un movimiento seco, forzando la nave a una maniobra de derrape que hizo chirriar el metal. El espectáculo en Wala estaba llegando a su punto álgido.
El rugido de la multitud en las gradas de Wala alcanzó un punto de sordera absoluta. El 300i de Mireia rozó el fuselaje del coche de Aitz, soltando una chispa eléctrica que iluminó la cabina. La nave viró con violencia, perdiendo tracción por un milisegundo antes de que las aletas de control recuperaran la trayectoria.
—¡Te has pasado de frenada, fiera! —gritó Mireia por el canal abierto.
La nave de la mujer cruzó la línea de meta apenas una décima antes que la de Aitz. El cronómetro gigante sobre las gradas de ArcCorp se detuvo con un pitido agudo. El público saltó sobre las barandillas, pero para ellos solo existía el calor del motor quemando en la nuca.
Aitz tiró del mando con tanta fuerza que los nudillos le quedaron blancos. La nave se deslizó sobre el suelo de la pista, derrapando hasta quedar paralela a la de Mireia. El sistema de refrigeración soltó un siseo metáico, escupiendo vapor hacia el exterior.
—Casi me dejas sin combustible por tu maniobra, síate —replicó Aitz.
Mireia se acercó con su nave, reduciendo la distancia hasta que las superficies de las dos naves se rozaron. El metal chirrió.
—La primera posición no se regala —respondió ella.
Mireia dio un golpe seco en la consola de comunicaciones, apagando el canal oficial y activando una frecuencia privada.
—Venga ya, perdiste por un suspiro —insistió Aitz.
Mireia abrió la compuerta de la cabina. El aire gélido de la luna Wala entró con fuerza, haciendo que el casco de Mireia tintineara.
—Me he quedado con la gloria —dijo ella, saliendo al exterior.
Aitz puso las manos sobre el borde de la escotilla y se impulsó hacia afuera.
El rugido de la multitud en las gradas de Wala seguía retumbando en el chasis de la nave. Aitz se bajó del 300i, con las manos temblorosas por la descarga de adrenalina. El aire en el hangar olía a ozono y combustible quemado por la fricción de las maniobras extremas.
—Has sido una maldita temeraria en esa última curva —lanzó Aitz, apartándose un mechón de pelo pegado a la frente.
Mireia se acercó, apartando un soplete que un técnico usaba cerca. El brillo del metal de su propia nave reflejaba la intensidad de la mirada que le devolvía.
—Si no fuera por mi audacia, estarías rascando la pintura en el sector de deshechos ahora mismo.
Mireia soltó una carcajada que rebotó contra las paredes de metal del hangar. Aitz dio un paso al frente y le arrebató el casco que ella tenía en la mano. El contacto de sus dedos fue eléctrico, más fuerte que el choque contra los motores.
—Esa maniobra en la Luna de ArcCorp no la hace nadie más —dijo Mireia, acercándose hasta que sus pechos casi se rozaron.
—Solo porque yo sigo aquí de pie —replicó Aitz, tirando del casco hacia su hombro.
La victoria oficial se quedó fuera, en las celebraciones ruidosas de la pista de despegue. Aquí, entre el olor a quemado, solo quedaba la victoria privada.
—Vaya que tienes fuego en las manos —murmuró Mireia, sujetando con fuerza la soga de enganche que Aitz soltara.