Es una ruta común
Ainhoa y Silvia se enfrentan a la presencia de un antiguo amante mientras esperan el control aduanero en una rampa logística de Everus Harbor.
—Pásame el manifiesto de la carga de alto valor.
Ainhoa desliza el papel electrónico sobre el pecho de Silvia. El documento muestra rutas comerciales por las lunas de Hurston, con cifras en rojo que resaltan sobre el fondo gris. Silvia desliza el dedo por las líneas de texto, ajustando la posición del papel para que no se deslice con el movimiento de la fila. Detrás de ellas, un hombre con una chaqueta desgastada por el polvo del espacio se detiene en seco. El aire viciado de la aduana de Everus Harbor parece espesarse cuando el hombre se queda quieto justo detrás de Ainhoa.
—Sigue insistiendo con los registros de las minas, ¿no?
El eco en la pared de metal confunde el sonido de los escáneres biométricos. Ainhoa retira la mano del papel, apretándolo contra el pecho hasta que las esquinas se arrugan. El hombre les dice que ha estado trabajando en los sistemas de transporte de la zona norte. Silvia muerde el borde del documento, arrugándolo más entre sus dedos mientras mantiene la vista fija en los sellos de aduanas.
Un oficial de seguridad se acerca con una linterna, revisando las maletas de un carguero cercano. El haz de luz rebota en los parales de acero y hace que el hombre se incline hacia delante. Ainhoa sostiene su identificación con tanta fuerza que las superficies de plástico crujen. El hombre intenta apartar una mota de polvo de su hombro, pero sus movimientos son torpes. El oficial exige el pasaporte del siguiente en la fila, rompiendo el silencio denso que rodea al trío.
Ainhoa desliza el dedo sobre la pantalla táctil, revisando las facturas de exportación de materia orgánica. El aire en el muelle de carga de Everus Harbor es denso, cargado con el olor a combustible y salitre que solo la estación orbital de Hurston ofrece. Silvia sopesa un pequeño paquete electrónico en su palma, frotando el plástico contra la piel hasta que le queda caliente. El avance por la fila es lento, un trámite burocrático que troma el tiempo mientras los oficiales de aduanas revisan cada contenedor con una meticulosidad exasperante.
Un hombre alto, con el uniforme desgastado por los viajes en el Cinturón, se posiciona justo detrás de ellas. El impacto es súbito. Ainhoa detiene el movimiento de su dedo sobre el manifiesto, dejando que la pantalla se apague sola. Es él. El antiguo compañero de vuelos con el que compartió tantas horas en el espacio profundo.
El hombre coloca una maleta pesada sobre la superficie de metal, produciendo un golpe sordo que hace vibrar el suelo. Se acerca lo suficiente para que su presencia en bloquee la perspectiva de Silvia. El hombre saca un documento, lo extiende con manos ásperas y cede el espacio para que revisen los papeles de la siguiente nave.
—No me esperaba verte por aquí —dice él, sin apartar la vista de los agentes.
Ainhoa aprieta el borde del dispositivo electrónico hasta que sus nudillos blanquean. El objeto cruje bajo su agarre.
—Es una ruta común —responde ella, la voz apenas un hilo que se pierde en el ruido de las turbinas.
Silvia le entrega el paquete al hombre para que lo revise, sus dedos rozan la mano del ex compañero y ella retira el objeto con una rapidez brusca, como si quemara. La tensión en la fila se vuelve eléctrica, un nudo que amarra el aire entre los tres.
El hombre se posiciona en el hueco que queda entre Ainhoa y Silvia, obligándolas a reducir la distancia con sus hombros. Con un movimiento brusco, el excompañero de vuelo desliza una tableta electrónica sobre la superficie rugosa del contenedor de carga que Silvia sostiene. El dispositivo muestra un gráfico de vectores de transporte en la nave MOLE, con líneas de trayectoria que se entrelazan como cicatrices sobre el cristal. Ainhoa agarra el borde del aparato, apretando con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos contra la carcasa. El hombre explica por lo que ha estado navegando por el espacio profundo, detallando las dificultades logísticas de los fletes de gran tonelaje en las zonas desérticas de Lorville. Silvia retira la tableta con un tirón seco, alejándola hacia su pecho como si el dispositivo quemara. El hombre rebate cada dato sobre la eficiencia del motor, insistiendo en que las rutas que Ainhoa solía pilotar son ahora un caos de tráfico comercial. El aire en la fila de Everus Harbor se vuelve denso, cargado por el olor a combustible y el zumbido de las máquinas de escaneo. Ainhoa mantiene la mano firme sobre la pantalla, recorriendo con el pulgar una de las rutas prohibidas que él menciona, trazando la trayectoria del pasado en un gesto tenso y repetitivo.
El aire reciclado de Everus Harbor se siente denso, cargado con el olor a ozono y residuos industriales de la estación orbital. El hombre que se detiene junto a ellas ajusta el sello de una caja de suministros, sus dedos rozando la superficie rugosa del cartón con una confianza que irrita a Ainhoa. Silvia mantiene el manifiesto en las manos, apretando los bordes de papel hasta que sus nudillos se vuelven blancos. El pasado no es solo un recuerdo; es el peso de las maniobras fallidas en la MOLE y las horas de vigilia compartidas en cabinas estrechas.
Ainhoa nota cómo el hombre menciona con naturalidad una ruta de suministros que solo ellos conocían. Silvia le explica que no hay interés en retomar aquel contacto, pero el hombre insiste en que la logística de las minas requiere esa precisión. El resto de la fila avanza con lentitud, un grupo de trabajadores de Hurston que murmuran sobre aranceles mientras empujan sus carros. Un oficial de aduanas se acerca para revisar los sellos de seguridad, obligándolas a mover el papel hacia adelante.
Ainhoa recuerda el miedo de haber perdido la cola de un carguero en una tormenta ionizante. Aquel pánico se traslada ahora al rastro de olor a tabaco y gasolina que desprende el hombre. Silvia le dice en voz baja que es mejor seguir con el trámite, pero la insistencia del ex compañero sobre las rutas de carga parece no terminar. El ambiente se vuelve gélido cuando él menciona una deuda pendiente en la zona de aterrizaje.
Silvia le indica que el tiempo corre y que debe marcharse si no quiere que la fila se estanque. El hombre retrocede, dejando el manifiesto en el aire por un segundo antes de que Ainhoa lo tome. El contacto físico es breve pero eléctrico, una chispa de esa química antigua que se niega a morir. La fila avanza un metro más hacia la garita de control.
Ainhoa le quita el papel a Silvia y lo desliza sobre la superficie de metal del mostrador.