Cero horas
En medio del bullicio de la nochevieja en New Babbage, Emilio y Pau deben decidir si dejar de sobrevivir para empezar a construir un hogar.
Una ración de patatas fritas quedó olvidada en el borde de la barandilla, perdiendo granos de sal sobre el metal gélido. El viento de New Babbage levantó la brisa helada, arrastrando el aroma a ozono y restos de pólvora que cruzaba la cubierta. Arriba, los estruendos rítmicos iluminaban las estructuras de cristal de la ciudad, proyectando sombras erráticas sobre los cuerpos apiñados en el mirador. La multitud se agolpaba cerca del borde, levantando las manos hacia un firmamento donde los fuegos artificiales dibujaban escamas de luz sobre las cúpulas.
Emilio apretó el agarre en la barandilla mientras las ráfagas de luz turquesa lo bañaban por completo. A su lado, Pau se mantuvo firme contra el viento helado que soplaba desde la meseta. El resto de los celebrantes gritaban con cada explosión, algunos lanzando botellas de cristal que el suelo cobizaba antes de romperse. El murmullo de la gente se mezclaba con el retumbar sordo que subía desde las calles inferiores.
—Es un buen sitio para empezar el cambio —dijo Pau, señalando los restos de chispas que se desvanecían sobre las torres.
Emilio asintió con la cabeza sin apartar la vista de las luces que se extinguían. Le confirmó que no tenía intención de volver a aquello. El plan de mudarse lejos de la zona militar en el sistema Stanton parecía, por primera vez, una meta tangible.
El estruendo de los proyectiles pirotécnicos sobre las torres de MicroTech hacía vibrar el suelo metálico bajo sus botas. Emilio apartó la vista del cielo nocturno para fijarse en el horizonte de luces blancas que iluminaba las rascacielos nevadas. La fría atmósfera del planeta le recordaba a los días de paso en las estaciones espaciales, esos momentos de soledad en las que la libertad solo significaba no tener un techo fijo. Pensó en el rastro de polvo estelar que habían dejado atrás, las rutas comerciales que los habían llevado hasta aquí. Cada salto en el sistema Stanton le había parecido un paso hacia algo más grande, una huida de las obligaciones asfixiantes que lo marcaban en la Tierra.
Pau pegó el hombro contra el suyo mientras las ráfagas de luz teñían sus rostros. El zumbido constante del ambiente festivo en la cubierta de observación parecía apagarse frente a la pregunta que le quemaba la garganta.
—No sé si aguantaremos nuestra autonomía en las rutas comerciales, Pau —dijo él sin apartar la vista de un estallido carmesí—. Me da miedo que nos acaben asfixiando con las cuotas de las grandes corporaciones.
El contraste entre el brillo de los fuegos y la incertidumbre en su voz pesó más que el frío. Emilio apretó la mano de Pau, sintiendo el pulso acelerado del otro contra su palma. Aquello era lo que temía: perder la propiedad de sus propias decisiones, quedar atrapado en el engranaje de una empresa que solo buscaba velocidad y beneficio, no la libertad de volar por cuenta propia.
Título: Cero horas
El cielo sobre New Babbage se fragmentó en ráfagas de color neón, tiñendo la nieve con destellos violáceas y cítricos. En la cubierta de observación, el aire gélido cortaba las mejillas mientras la multitud se agolpaba cerca de las barandillas de cristal. Familias enteras levantaban cámaras para capturar el rastro de las explosiones sobre las torres corporativas, y grupos de turistas se empujaban entre sí, buscando un hueco para ver el despliegue pirotécnico. El zumbido de las celebraciones se mezclaba con el eco de los petardos que hacían vibrar el suelo metálico.
Pau se apartó un poco del tumulto, buscando un respiro entre los hombros ajenos. El estrupendo de las luces sobre la ciudad nevada obligaba a Emilio a elevar la voz, pero solo para confirmar que el miedo al futuro era una sombra que podían proyectar fuera de sus propios cuerpos. El hombre apartó la vista del horizonte y recordó el olor acre a óxido de la Reclaimer, aquel rastro metálico que se les pegaba a la piel durante las jornadas de trabajo en el Cinturón.
Recordaron las noches de fatiga extrema, cuando el cansancio les pesaba más que los motores y solo el apoyo mutuo les permitía seguir adelante. Emilio le aseguró que su mayor logro no era la propiedad en el sistema ni las unidades acumuladas, sino haber llegado allí sin soltarse. Paul asintió ante la determinación de su pareja por seguir adelante en el nuevo año.
La nieve artificial de la cubierta pegaba en sus ropas mientras el estruendo de las detonaciones iluminaba los edificios de microTech. Sus manos se buscaron entre la multitud que gritaba con cada ráfaga de luces. El frío del aire seco les caló la piel, pero el calor de los dedos entrelazados anuló cualquier resto de duda.
—No volveré a ser un jornalero en una nave ajena —dijo Pau entre los estallidos.
Emilio apretó su mano con fuerza. El plan de abandonar el arbitraje en las zonas comerciales de Lorville y establecer una base propia tomó forma definitiva con el primer minuto del nuevo año. La promesa se selló en ese instante de solsticio nocturno, lejos de las chimeneas industriales y el agotamiento de los trabajos de carga.
Un camarero pasó con una bandeja de copas y tropezó con un grupo de turistas. El líquido salpicó el suelo pero nadie se inmutó ante la pequeña gincana de malabarismos. Emilio apartó la mirada del despliegue pirotécnico y se concentró en el compromiso silencioso que ahora pesaba más que cualquier crédito de galaxia.
—Cómprate el equipo primero —sentenció Emilio.